LA NAVIDAD Y LAS REVELACIONES DE SANTA BRÍGIDA. RELACIONES ICONOGRÁFICAS.

Para todo amante de la Historia del Arte, sobre todo de los siglos medievales, una de las herramientas de las que más partido podrá sacar es del fantástico libro de Jacopo de la Vorágine La leyenda dorada, una recopilación de vidas de santos, haciendo hincapié en su faceta milagrera, siguiendo el calendario litúrgico desde Adviento. La herramienta es fantástica porque reúne gran parte de las anécdotas biográficas que se usaban para el desarrollo iconográfico de las representaciones de dichos santos. Junto con esta herramienta podemos ver otras fuentes de creación iconográfica como puede ser las Revelaciones de Santa Brígida (1303-1373), monja sueca, fundadora de una orden femenina y mística de la baja edad media.

Estando como estamos en estas fechas, creo interesante ver cómo podemos hacer una relectura de las representaciones de la Natividad, usando los textos de origen medieval, como el propio de La leyenda dorada.

<<El nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, su venida al mundo según la carne, acaeció, en opinión de algunos, el año 5228 después de la formación de Adán y, en opinión de otros el 6000. Eusebio de Cesarea en sus Cronicas afirma que tuvo lugar en 5199, siendo Octavio Emperador de Roma. La fecha del año 6000 la puso en circulación Metodio, basándose más en supuestos místicos que en criterios cronológicos […].

César Augusto, presidente de todo el orbe, quiso saber cuántas provincias, ciudades, poblaciones, campamentos y personas vivían bajo su autoridad. Esa fue la razón de que promulgara un edicto, ordenando, como dice la Historia Eclesiástica, que todos cuantos socialmente estaban considerados como cabezas de familia se empadronasen en el lugar de donde eran oriundos y que cada uno de ellos entregase al gobernador de su provincia de origen un denario de plata, equivalente a diez monedas corrientes (de ahí su nombre de denario), en calidad de tributo y en testimonio de su condición de súbdito al emperador de Roma. […] La profesión se realizaba de esta manera: cada cabeza de familia, antes de entregar al presidente de la provincia el denario del tributo en nombre propio y en nombre de los demás individuos a quienes representaba, colocaba la moneda sobre su frente y en voz alta y delante del pueblo, se declaraba súbdito del imperio romano. De la expresión latina “propio ere fassio” (reconozco con mis propios labios) derivó posteriormente la palabra profesión.>>[1]

El empadronamiento de San José y María. Mosaico de San Salvador de Chora. Estambul. Foto: wikicommons

Este tema del empadronamiento no es común como representación en el arte occidental, pero aparece en ocasiones en el oriental, como por ejemplo en los mosaicos de San Salvador de Chora, en la antigua Constantinopla.

Hugo van der Goes. Tríptico Portinari abierto. Galería de los Uffizi. Florencia. Foto: wikicommons

Para la iconografía de la Natividad es curioso también acudir, como decíamos antes, a las Revelaciones de la sueca Santa Brígida, que son evidentes en las representaciones de la escuela flamenca del siglo XV y que desde ahí se van a extender por toda Europa. Una de las tablas que más repercusión iconográfica ha tenido es el Tríptico Portinari pintado por Hugo van der Goes (ca. 1435/40-1482) por encargo de Tommaso Portinari, representante de los Médicis en la ciudad de Brujas, para el antiguo convento de San Egidio, en el conjunto del Ospedale de Santa Maria Nuova, en Florencia. En esta obra podemos ver ese influjo de las visiones de Santa Brígida.

Hugo van der Goes. Anunciación. (tríptico cerrado). Galería de los Uffizi. Florencia. Foto: wikicommons

El tríptico cerrado muestra la Anunciación en grisalla, como es habitual en este tipo de obras flamencas (por ejemplo las obras del Maestro de Flemalle, ver aquí, o de van der Weyden, ver aquí). Se presenta la escena en un interior, como si fuera un nicho u oquedad, en el que se colocan las figuras de la Virgen y el Ángel, es un hueco muy constreñido que recuerda a la explicación que recoge la mística sueca de boca de la Virgen:

<<Yo soy la Reina del Cielo, la Madre de Dios. Te dije que debías llevar un broche sobre tu pecho. Ahora te mostraré con más detalle cómo, desde el principio, nada más aprender y llegar a la comprensión de la existencia de Dios, estuve siempre solícita y temerosa de mi salvación y observancia religiosa. […]

Él podría preservar mi virginidad, si esto le agradaba y, si no, que se hiciera su voluntad. Tras haber escuchado todos los mandamientos en el templo, volví a casa aún ardiendo más que nunca en mi amor hacia Dios, siendo inflamada con nuevos fuegos y deseos de amor cada día. Por eso, me aparté aún más de todo lo demás y estuve sola noche y día, con gran temor de que mi boca hablase o mis oídos oyesen algo contra Dios, o de que mis ojos mirasen algo en lo que se deleitaran. En mi silencio sentí también temor y ansiedad por si estuviera callando en algo que debiera de hablar.

Con estas turbaciones en mi corazón, y a solas conmigo misma, encomendé todas mis esperanzas a Dios. En aquel momento vino a mi pensamiento considerar el gran poder de Dios, cómo los ángeles y todas las criaturas le sirven y cómo es su gloria indescriptible y eterna. Mientras me preguntaba todo esto, tuve tres visiones maravillosas. Vi una estrella, pero no como las que brillan en el Cielo. Vi una luz, pero no como las que alumbran el mundo. Percibí un aroma, pero no de hierbas ni de nada de eso, sino indescriptiblemente suave, que me llenó tanto que sentí como si saltara de gozo. En ese momento, oí una voz, pero no de hablar humano.

Tuve mucho miedo cuando la oí y me pregunté si sería una ilusión. Entonces, apareció ante mí un ángel de Dios en una bellísima forma humana, pero no revestido de carne, y me dijo: ‘Ave, llena gracia…’ Al oírlo, me pregunté qué significaba aquello o por qué me había saludado de esa forma, pues sabía y creía que yo era indigna de algo semejante, o de algo tan bueno, pero también sabía que para Dios no era imposible hacer todo lo que quisiese. Acto seguido, el ángel añadió: ‘El hijo que ha de nacer en ti es santo y se llamará Hijo de Dios. Se hará como a Dios le place’. Aún no me creí digna ni le pregunté al ángel ‘¿Por qué?’ o ‘¿Cuándo se hará?’, pero le pregunté: ‘¿Cómo es que yo, tan indigna, he de ser la madre de Dios, si ni siquiera conozco varón?’

El ángel me respondió, como dije, que nada es imposible para Dios, pero ‘Todo lo que él quiera se hará’. Cuando oí las palabras del ángel, sentí el más ferviente deseo de convertirme en la Madre de Dios, y mi alma dijo con amor: ‘¡Aquí estoy, hágase tu voluntad en mí!’ Al decir aquello, en ese momento y lugar, fue concebido mi Hijo en mi vientre con una inefable exultación de mi alma y de los miembros de mi cuerpo.[2]>>

Una vez abierto, el tríptico muestra en su tabla central el Nacimiento milagroso de Cristo, en los laterales se muestran a los donantes, la familia Portinari, con sus santos protectores: en el ala izquierda aparecen Tommaso y sus dos hijos mayores, Antonio y Pigello, bajo la protección de los santos Tomás y Antonio el Ermitaño; y en el ala derecha la esposa de Portinari, María Boroncelli, y su hija Margherita, presentadas por las santas María Magdalena y Margarita.

Hugo van der Goes. La Natividad. Galería de los Uffizi. Florencia. Foto: wikicommons

En la tabla central, destaca la iconografía del nacimiento: la Virgen de rodillas adora al niño que ha surgido milagrosamente frente a ella. De esta forma se recoge la idea expresada también en las Revelaciones:

<<Cuando Él estaba en mi vientre, lo engendré sin dolor alguno, sin pesadez ni cansancio en mi cuerpo. Me humillé en todo, sabiendo que portaba en mí al Todopoderoso. Cuando lo alumbré, lo hice sin dolor ni pecado, igual que cuando lo concebí, con tal exultación de alma y cuerpo que sentí como si caminara sobre el aire, gozando de todo. Él entró en mis miembros, con gozo de toda mi alma, y de esa forma, con gozo de todos mis miembros, salió de mí, dejando mi alma exultante y mi virginidad intacta.

Cuando lo miré y contemplé su belleza, la alegría desbordó mi alma, sabiéndome indigna de un Hijo así. Cuando consideré los lugares en los que, como sabía a través de los profetas, sus manos y pies serían perforados en la crucifixión, mis ojos se llenaron de lágrimas y se me partió el corazón de tristeza. Mi hijo miró a mis ojos llorosos y se entristeció casi hasta morir. Pero al contemplar su divino poder, me consolé de nuevo, dándome cuenta de que esto era lo que él quería y, por ello, como era lo correcto, conformé toda mi voluntad a la suya. Así, mi alegría siempre se mezclaba con el dolor.>>

Para complementar toda la iconografía sobre la conexión entre el nacimiento y la muerte de Cristo, el pintor se ha valido de la utilización de las flores. En el primer término se pueden distinguir dos jarrones, el primero, un albarelo de farmacia, contiene una azucena escarlata y tres lirios, dos blancos; el segundo, un vaso de cristal, contiene ramas de aguileña. El significado de las flores no puede ser más claro: la azucena escarlata hace referencia a la sangre de Cristo en la Pasión, así como el lirio blanco que representa la virginidad de María y también las espadas que atraviesan su corazón como Mater Dolorosa, así como las ramas de aguileña. La gavilla de trigo, colocada entre las flores, hace referencia al lugar de nacimiento (Belén significa “Casa de pan”) y a la vez a la Eucaristía y al dogma de la Transubstanciación[3].

Hugo van der Goes. La Natividad (detalle de las flores y trigo). Galería de los Uffizi. Florencia. Foto: wikicommons

La importancia de este tríptico y su enorme influencia en la pintura italiana del Renacimiento, es algo que supera las pretensiones de este artículo, pero baste simplemente comparar imágenes de la Natividad de la tradición florentina anteriores a 1480 y  posteriores, y podremos ver la enorme influencia que esta obra tuvo en su momento.

[1] Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada, vol. 1, Alianza Forma, Madrid, 2000, pp. 52-53.

[2] Revelaciones de Santa Brígida.

[3] Panofsky, Erwin, Los primitivos flamencos (2º ed.), Cátedra, Madrid, 2016, p. 326 y ss.

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