LA MONJA Y EL ARQUITECTO: TERESA DE JESÚS Y FRANCISCO DE MORA.

“El pueblo y las élites de España admiraban a Teresa de Ávila. Quiroga, el inquisidor general, se contaba entre sus adeptos. Felipe II se preocupaba de que sus manuscritos estuviesen a buen recaudo en la biblioteca de El Escorial. Esta popularidad se acrecienta aún más tras la muerte de la carmelita, en octubre de 1582. La ex emperatriz María de Austria (1528-1603), hermana de Felipe II, lee la autobiografía de Teresa y de inmediato desea verla publicada.”

Joseph Pérez, Teresa de Ávila y la España de su tiempo, Algaba ediciones, p. 269.

Ahora que se están revisando en profundidad los reinados de los mal llamados Austrias menores, le ha tocado el turno al peor tratado por la historiografía, Felipe III (15-1621). Su reinado coincide plenamente con el periodo en el que la figura de Teresa de Cepeda y Ahumada (1515-1582) ya muerta pasa de ser una reformadora de una orden monástica a ser elevada a los altares como santa. Durante estos años también se está configurando el lenguaje postridentino en las Artes, que van a conducir a la eclosión del barroco. En este nuevo lenguaje, la figura de la nueva santa deslumbrará como un icono del triunfo del catolicismo. Pero además su figura está relacionada con uno de los artífices que van a dar las pautas para la nueva concepción arquitectónica en la Corte, Francisco de Mora (ca. 1553-1610).

Anónimo. Canonización de Santa Teresa. Covento de Alba de Tormes. Museo CARMUS.

La fama de la carmelita era tan fuerte, que antes de que se inicien los procesos para la beatificación, ya se está reuniendo una importante cantidad de documentos. Por iniciativa de su confesor, Francisco de Mora, va a escribir un opúsculo narrando su relación con la santa abulense bajo el título de Dicho[1]. Como narra Cervera Vera, el texto original de Mora debe estar incluido entre la documentación para el proceso de beatificación en los archivos vaticanos. Dichas gestiones comenzaron en 1591, por iniciativa del obispo de Salamanca, Jerónimo Manrique, en cuya diócesis había fallecido Teresa, en su fundación de Alba de Tormes. La beatificación se produce en 1614, junto con otros españoles contemporáneos suyos: Tomás de Villanueva, Francisco de Borja, Pedro de Alcántara y Juan de Dios. La canonización se celebrará el 12 de marzo de 1622, durante el pontificado de Gregorio XV, en una ceremonia en la que también son elevados a los altares los españoles como Ignacio de Loyola, Francisco Javier e Isidro, y el Italiano Felipe Neri.

Anónimo madrileño. Santiago el Mayor y Santa Teresa de Jesús con el escudo de Castilla y León. ca. 1620. Subastado por Sotheby’s 2 mayo de 2018. Foto: Ars Magazine.

Además el 24 de octubre de 1617 las Cortes de Castilla, reunidas en Madrid habían nombrado a la entonces beata Teresa como patrona de España, compartiendo patronazgo con Santiago Apóstol. Las cortes se cuidaron de precisar que su intención no era sustituir a Santiago, pero eso no evitó una reacción en contra de esta medida, que suponía poner en un mismo nivel a un hombre y una mujer, algo totalmente revolucionario. El asunto tuvo largo recorrido, el Papa acepta en un breve el copatronazgo en 1627, Francisco de Quevedo reacciona escribiendo Su espada por Santiago, solo y único patrón de las Españas en ese mismo año. En otro breve de 1630, el Papa da marcha atrás y solo reconoce a Santiago.

Estamos pues ante un personaje que levanta ardientes pasiones en el ámbito de la Corte, con respaldo de personas con acceso a los engranajes del poder, pero que a la vez contradice muchos de los supuestos de la sociedad estamentaria del Antiguo Régimen. En su culto también se va a combinar un acercamiento a la religiosidad moderna, con un culto exacerbado por las reliquias, recuerdo de la religiosidad medieval.

Relicario con el corazón de Santa Teresa. Traza de Herrera Barnuevo. Museo CARMUS. Alba de Tormes (Salamanca). Foto: InvestigArt.

Pero volvamos a Francisco de Mora, este arquitecto conquense se formó en las obras de El Escorial junto con Juan de Herrera. Era el arquitecto destinado a suceder a Herrera y a transformar el lenguaje manierista y sobrio de éste en las fórmulas del proto-barroco. De su mano salen trazas tan importantes como la del convento de San José de Ávila, primera fundación de la santa carmelitana tras su reforma, o las trazas de la iglesia del monasterio de Uclés o del claustro de los Jerónimos en Madrid. Su repentina muerte en 1610, truncó su carrera en pleno cenit, su obra es fundamental en la configuración de la arquitectura de la Corte, como muestra su labor en la ciudad ducal de Lerma, para el valido de Felipe III.

Su relación con Teresa de Ávila es, en un principio, casual y su devoción es fruto todavía de la religiosidad supersticiosa, más que de la reflexión. Pero contextualiza muy bien la dicotomía del catolicismo frente a la Reforma protestante y la pervivencia de las costumbres.

Su escrito está inspirado por su confesor, fray Diego de Santa María, para incluirlo en el proceso de beatificación de la santa y está redactado durante el mes de marzo de 1610. En el texto refiere cómo tiene noticia de la existencia de la madre Teresa y de los encargos arquitectónicos que había hecho para la orden del Carmen. Pero seguramente el fragmento más significativo es cuando narra su encuentro con las reliquias de la Santa:

“Pues sucedió que el año de mill quienientos ochenta y seys, por el Mes de Julio, el Rey me embió desde el Monasterio de San Lorenzo el Real, a la ciudad de Valladolid y a la de Salamanca, a ver y trazar todas las Librerías de los Colegios y Escuelas mayores y menores, que en estas ciudades hay para, vistas, trazar la Librería y assientos de libros de la Librería de San Lorenzo, que como Rey tan prudente, quiso primero verlo todo que trazar su Librería. Pues como yo hubiese ido primero a Valladolid, y hécholo, fuí desde allí a Salamanca; y en acabando de hacer las trazas de todo, quise venir por Alba, por ver si podía, el Cuerpo de la Santa Madre Teresa, por haber oído, y ser noticia de muchas maravillas que Dios por medio de esta Santa y de su Cuerpo obraba. Y assí, un Amigo mío, llamado Martín de Cervera me dio una carta para la Priora de Alba, llamada Inés de Jesús que había dejado elegida Priora, antes de su muerte la Madre Teresa de Jesús. Pidióle el Amigo me mostrassen algunas Reliquias de la Santa. Dí mi carta en Alba a la dicha Priora […]. Respondióme, que el cuerpo lo había llebado a Avila, y allá estaba y esto con gran sentimiento: que me volviesse a la una hora después de medio día, que ella me mostraría el brazo por la Iglesia. Dióme a esta hora una Andadera la llabe de la Iglesia, y abrí y entré solo: y por la ventanilla de comulgar las Monjas a el lado del Evangelio, la abrieron y me dieron por ella el Brazo, envuelto en tafetán carmesí, ¡Cosa maravillosa de ver!, que con haber quatro años que era muerta, no parecía sino de cuerpo vivo. Alabé a Dios: y dixeles a las Monjas, que mirassen cómo me habían fiado el Brazo, que me quería ir con él; pues teniendo las llabes de la Iglesia, podía: (no porque fuesse mi pensamiento hacer tal.) Resondióme la Priora, que bien sabía a quien lo fiaba.

Yo le cobré desde entonces extrañísima afición a esta Santa y sin que las Monjas lo viessen, con las uñas de los dos denos tomé un tantico del tamaño de medio garbanzo, y ahún menos, y envolvílo en un papelico pequeño, y metílo en mis horas, y guardélas, y volviles el Brazo. A mí me quedaron los dos dedos bañados con óleo que sale de él, que me espanté. La Priora, sabiendo que venía desde allí a San Lorenzo, donde estaba el Rey y la Infanta Doña Isabel, me dió un pedazo de la túnica con que enterraron a la Santa, de quadro, en quadro toda empapada en óleo de su cuerpo, guarnecido este pañito de perlas menudas alrededor , para que lo diesse a la dicha Señora Infanto: y a mí me dio otro poquito de lo mesmo, muy chiquito”.

Francisco de Mora, Dicho, 1610 recogido por Luis Cervera Vera en El arquitecto Francisco de Mora y Santa Teresa de Jesús, Asociación de Escritores y Artistas, Madrid, 1990, pp. 51-52.

Reliquia del brazo de Santa Teresa que custodia el Convento carmelita de Alba de Tormes (Salamanca). Museo CARMUS. Foto: InvestigArt.

El texto de Mora es totalmente significativo del culto a las reliquias, en el resto del mismo cuenta los favores recibidos por parte de la Santa a través de sus reliquias, como curaciones por pasar una copia del libro de las fundaciones. La sombra de la obra de Teresa dejará huella en la arquitectura de Mora, como bien estudió Beatriz Blasco (ver aquí) y además ese influjo se verá de manera efectiva en las construcciones religiosas promovidas por la corte en estos años[2].

Notas:

[1] El texto del Dicho fue dado a conocer por Luis Cervera Vera en “La iglesia del Monasterio de San José de Avila” en Boletín de la Sociedad Española de Excursiones, LIV, Madrid, 1950, pp. 5-155. Y posteriormente lo transcribió en El arquitecto Francisco de Mora y Santa Teresa de Jesús, Asociación de Escritores y Artistas, Madrid, 1990.

[2] En estos momentos estoy trabajando en un estudio sobre la arquitectura del reinado de Felipe III que espero que vea pronto la luz.

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