ANTONIO DEL CASTILLO Y EL BARROCO CORDOBÉS

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Durante mi estancia cordobesa para asistir al II Simposio Internacional sobre Arte y Ornato en el Barroco, organizado por la Asociación Hurtado Izquierdo, tuve la oportunidad de visitar una exposición temporal dedicada al centenario del pintor cordobés Antonio del Castillo. En esta exposición sobresalía la colección de dibujos que de este pintor atesora el Museo de Bellas Artes, que era la sede de la exposición. Las penurias económicas en la que están sumidas las instituciones culturales en nuestro país, sobre todo si no son los grandes museos estatales, hacen que esta exposición interesante esté prácticamente ignota por el gran público, pues su publicidad y difusión es deficiente y su catálogo inexistente por falta de presupuesto.

Una pena que una oportunidad tan señera, como es un centenario, no sea aprovechada para dar a conocer mejor a un pintor y dibujante excepcional, así como un centro artístico interesante: la Córdoba del siglo XVII, que está a caballo entre los centros más señeros de Sevilla y Granada, pero que a su vez tiene su independencia e interés.

Coronación de la Virgen. Museo de Bellas Artes de Córdoba.

El conocimiento del pintor se vio refrendado gracias a la inclusión de una larga biografía dedicada al mismo por parte de su paisano Acisclo Antonio Palomino en su El parnaso español pintoresco y laureado, tercer tomo de su obra teórica Museo pictórico y escala óptica, publicado en 1724.

Paso ahora a transcribir parte de esa biografía de Antonio del Castillo mientras os muestro algunas de las obras expuestas en la exposición del Museo de Bellas Artes de Córdoba y en la propia ciudad andaluza.

Primeros datos familiares, formación y primeras obras:

Antonio del Castillo y Saavedra, natural de la ciudad de Córdoba, de las familias ilustres de sus apellidos, conocidas por tales en aquella gran ciudad; fue hijo de Agustín del Castillo, pintor excelente, de quien tuvo Antonio sus principios, pero siendo de pocos años, Antonio, y estando muy tierno en los rudimentos del arte, le faltó su padre; con cuyo motivo pasó a Sevilla a perfeccionarse en el arte en compañía de José de Sarabia (también ilustre pintor cordobés), y lo consiguieron en la escuela del insigne Francisco Zurbarán.

Viéndose Castillo ya adelantado en el arte, volvió a su patria, donde hizo excelentes obras públicas, y particulares; de éstas se destacan especialmente un gran cuadro de San Acisclo (Mártir, y Patrono de aquella ciudad)  en oposición a Cristóbal Vela; para la obra de aquel gran retablo de la Santa Iglesia, la cual no tuvo fortuna de lograr, y se colocó el cuadro junto a la capilla del ilustrísimo señor Don Fray Alonso Salizanes (que entonces era donde estaba la pila del bautismo), que siendo, como es una gran figura gigantesca, muestra muy bien la eminencia de su artífice, por estar, como estaba, inmediata a las claraboyas de aquel indicado sitio.

Antonio del Castillo. Retablo de la Virgen del Rosario. Catedral de Córdoba.

Tiene también en aquella Santa Iglesia las pinturas de una capilla, que cae al costado del patio de los Naranjos, junto a la figura del Cautivo; que son la Virgen del Rosario, San Roque, y San Sebastián a los lados, cosa de lo de mejor gusto, que hizo. No lo son menos los dos santos apóstoles San Felipe, y Santiago, figuras mayores, que el natural, hechas con gran magisterio, que están casi enfrente de dicha capilla en un pilar de aquella Santa Iglesia, antes del coro.

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Antonio del Castillo, San Felipe y Santiago. Catedral de Córdoba.

Otras pinturas célebres en Córdoba:

También tiene en el salón del Santo Tribunal de aquella ciudad un gran cuadro de Cristo Señor nuestro Crucificado, con San Juan, y la Virgen a los lados, cosa excelente. Y en la iglesia del Convento de San Francisco […] en uno de los ángulos del claustro; donde también tienen obra del Bautismo de nuestro Seráfico Padre San Francisco, que hizo en competencia con los de Alfaro a devoción de Sebastián de Herrera (compadre suyo) donde irritado de ver tan repartida la firma de Alfaro en todos los cuadros; puso en el suyo (no queriéndole firmar) aquel célebre epígrafe: Non fecit Alfarus; con cuya discreta frase reprendía tácitamente la repetida jactancia de la firma, si así cabe decirse; porque en obras públicas, y de consecuencia o tengo por delito el firmarlas.

Sobre los géneros que cultivó:

Fue también nuestro Castillo excelente paisista, para lo cual se salía algunos días a pasear, con recado de dibujar, y copiaba algunos sitios al natural, aprovechándose asimismo de las cabañas, y cortijos de aquella tierra; donde copiaba también los animales, carros, y otros adherentes, que se hallaba a mano; y algunas casualidades en aquel arroyo de las peñas, con singularísimo primor. Fue también gran arquitecto, perspectivo, y retratista, de quien hay en dicha ciudad repetidos testimonios en las casas de aquellos caballeros, especialmente en la del Conde de Hornachuelos; y en casa del dicho Don Gómez de Córdoba, como también en casas particulares, así de países, como de retratos; y especialmente tuvo singular gracia en las ciudadelas, que de ordinario echaba en los países.

Sobre dibujos y trazas:

Tuvo también gran facilidad nuestro Castillo en hacer dibujos de cuanto se le ofrecía; y así quedaron innumerables cuando murió; de los cuales no tengo yo la menor parte, y los más hechos a pluma; y algunas cabezas (especialmente de viejos) hechas con plumas de caña: para lo cual buscaba unos carrizos, o cañas delgadas, que tienen los cañutos largos (de que hacen en Córdoba las cerbatanas, para que los muchachos arrojen los huesos de las almezas) y los cortaba como plumas de gordo, y con aquéllas gustaba de dibujar cabezas grandes, con plumeadas gruesas, con gran magisterio, y libertad.

Hizo también muchas trazas de varios adornos, y arquitectura para su muy íntimo amigo Melchor Moreno (hombre de muy acreditada habilidad en esta línea) y asimismo para piezas de platería, y otros artefactos; y también modeló muy bien de barro, de que yo vi algunas figuras desnudas, y cabezas hechas con excelente gusto.

Anécdota con Alonso Cano:

Y así cuentan, que habiendo visto Alonso Cano unas pinturas de los evangelistas de mano de Castillo (que están hoy en Córdoba), dijo, que dibujando como dibujaba tan bien, era verdadera lástima, que no viniese a Granada, para enseñarle a pintar: lo cual habiéndolo sabido Castillo, dijo: Mejor será, que él venga por acá, le pagaremos la buena intención, con enseñarle a dibujar.

Castillo y su impacto por la obra de Murillo:

Últimamente pasó a Sevilla por el año de 1666, adonde no había vuelto desde sus primeros años, y donde viendo las pinturas de Murillo (que estaba entonces en lo florido de su edad) pasmado de ver que se llevaba el aura popular, con aquella belleza del colorido, que a él le faltaba, sobrándole tanto el dibujo, dijo: ¡Ya murió Castillo! Y así fue: porque volviéndose a Córdoba, entró en él tan melancolía, que vivió muy poco después, y pintó muy pocas cosas.

Hizo también Castillo muy buenos versos, y fue hombre de lindo trato, discreción, buena estatura, y muy buen arte. Murió finalmente en dicha ciudad en el año de 1667, a los sesenta y cuatro de su edad, dejando tal crédito en aquella ciudad, que el que no tiene pintura de Castillo, no se tiene por hombre de buen gusto. Tuvo varios discípulos, y especialmente Pedro Antonio, y Manuel Francisco, pero ninguno, que llegase a la eminencia de su maestro.

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