EL ESCORIAL Y EL OFICIO DE DIFUNTOS REGIOS

En la década final del siglo XIX, el periodista Manuel de Ayala, creó una colección de libritos reunidos con bajo la colección de Biblioteca de la provincia de Madrid, en la que ilustres personajes de las letras, el periodismo o la historia, escribían una pequeña guía sobre los pueblos más destacados de la misma. El tomo vigésimo primero es el dedicado por Luis de León a la descripción del Real Sitio de San Lorenzo [1]. En él encontramos una descripción de los ceremoniales de la monarquía respecto al Real Monasterio que son básicamente la primera recepción oficial de un monarca y su último acto: el recibimiento de sus restos mortales.

Retrato alegórico de Felipe IV conmemorando la terminación del Panteón de El Escorial por Pedro Villafranca y Malagón (diseño y grabado). 1657.

La liturgia del oficio de difuntos en el Real Panteón de El Escorial surge a partir de la inauguración de este espacio en el reinado de Felipe IV. Su construcción y sus avatares los dejamos para otro espacio y momento, pero es importante tener en cuenta que con la terminación del Panteón se culminaba el proyecto de Felipe II de crear un lugar para el reposo de la dinastía. El protocolo se irá perfilando y corrigiendo según convenga como la necesidad de leer la real cédula de Felipe IV sobre la entrada de las diversas cruces en el cortejo fúnebre, que no es otra cosa que la preeminencia de los clérigos de la corte sobre los del Real Monasterio o viceversa.

Pedro de Villafranca (Atrib.) Felipe IV muerto y vestido con hábito de terciario franciscano. Real Academia de la Historia.

Paso a transcribir la descripción de Luis de León de 1891, en la que el último fallecido regio había sido Alfonso XII.

CEREMONIAL

que sigue el Monasterio en la recepción oficial de los Reyes y recibimiento de sus restos.

Réstanos decir el modo de recibir el Monasterio a los Reyes, cuando hacen oficialmente su entrada. En el pórtico principal espera la llegada de éstos la Comunidad con el Prior, revestido de capa pluvial, acompañado de diácono y subdiácono, cuatro monjes más, revestidos con ricos ornamentos; y otros ocho que llevan las varas del palio, también revestidos de roquetes y capas pluviales. Los Reyes, puestos de rodillas sobre ricos cojines reciben el agua bendita de un hisopo de plata que lleva el Prior; adoran y besan un precioso Lignun Crucis, engarzado en oro. Una vez terminada la adoración, penetran en el templo, bajo el palio, cantando la Comunidad el Tedéum; llegados a las gradas, los Reyes se postran de rodillas en un estrado colocado al efecto, hasta la terminación de las preces prevenidas en el Ritual romano; terminadas éstas, los Reyes se dirigen a la real estancia, penetrando por los oratorios de la izquierda.

Claudio Coello. Adoración sagrada forma. Sacristía El Escorial

Este ceremonial se ha guardado con todos los Reyes, desde Felipe II hasta Isabel II, abuela de nuestro augusto Monarca; lo que se dice de responso y demás oficio, carece de fundamento y de verdad.

Ya que a la ligera hemos reseñado el ceremonial de la recepción que se hace a los reyes en vida, hagamos también explicación del entierro, pues como los medios de locomoción han variado, también ha sufrido alguna alteración éste.

Una vez llegado al cortejo fúnebre a la estación de El Escorial, se ordena la procesión, colocándose el sobreguarda con sus subordinados, empleados del Real Patrimonio y toda la Justicia de dicha villa, marchando de este modo hasta el pórtico principal, donde aguarda el Prior con toda la Comunidad.

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Cortejo fúnebre de Alfonso XII

De el coche fúnebre, bajan el féretro los Monteros de Espinosa, entregándosele a los Grandes y Mayordomos, los que le colocan en el pequeño túmulo preparado al efecto, y cubierto con rico paño de brocado.

Entonces el Prior pide la orden para encargarse del cadáver; el comisionado se la entrega, besando la firma, recibiéndola el Prior del mismo modo, y dándosela el Secretario para su lectura; la fórmula es la misma para todos, sólo variando los nombres; es la mandada seguir por Felipe IV, que dice:

“La Reina: Venerables y devotos Prior y religiosos del Monasterio de San Lorenzo el Real: Habiéndose Dios servido llevarse para sí el Rey mi señor (Q. D. G.) el jueves 17 del corriente a las cuatro horas y media de la mañana, he mandado que el Marqués de Malpica, su Mayordomo y Gentilhombre de Cámara, vaya acompañado y os entregue su Real cuerpo. Y así os encargo y ordeno le recibáis y coloquéis en el lugar que S. M. señaló para su entierro; y del entrego se hará por escrito el acto que en semejantes casos se acostumbra. De Madrid… Yo la Reina. –Secretario . –Al Prior de San Lorenzo.”

A seguida el Prior ordena a su vez la lectura de otra cédula de Felipe IV, que dice:

“El Rey: Por haberse ofrecido desavenencia entre los de mi Real Capilla y este Convento Real en ocasión que se trajo a él el cuerpo del príncipe D. Felipe Próspero, mi hijo, sobre la entrada de la cruz de la Capilla, y conviniendo dar en esto una regla rija para que se excusen semejantes controversias, y que corra de toda buena conformidad, como se requiere, particularmente siendo ambas Capillas mías, he tenido por bien declarar que, en los casos de esta calidad, entren juntas las cruces de la Capilla y Convento hasta un paso antes de emparejar con el principio de los dos pilares primeros que están a los pies de la iglesia, y llegando a este sitio se encaminará la de la Capilla al altar de San Jorge, que está en el hueco del pilar al lado de la Epístola y mira a la reja de la entrada de la iglesia, donde se ha de arrimar, y proseguirá la cruz del Convento a ponerse y estar en su lugar acostumbrado durante los Oficios: y así mando se obre y ejecute precisa e inviolablemente en todo tiempo, sin contravenir a ello en manera alguna, que tal es mi voluntad, para lo cual mané despachar al presente, firmada de mi mano, refrendada de D. Luis de Oyanguren, mi Secretario de Estado y del despacho universal, y sellada con mi sello secreto. Dada en San Lorenzo a 3 de Noviembre de 1662 años. -Yo el Rey. -D. Luis de Oyaguren.”

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Último responso en el Panteón de Reyes al cuerpo de Alfonso XII. Estampa publicada en la época.

Concluído esto los cantores de la Capilla Real entonan el último responso, acto seguido el Prior empieza el oficio de difuntos, y se ponen en marcha hasta depositar el féretro en medio del templo, en un túmulo de dos cuerpos, quedando los Monteros de Espinosa custodiando el cadáver, teniendo los dos primeros, en una bandeja la corona y el cetro uno, y el otro la espada y el bastón. Concluído el Oficio de difuntos toman los Grandes y Gentileshombres la caja, y se dirigen procesionalmente al Panteón, donde sólo bajan los que han de presenciar la última ceremonia. Ya en el Panteón, se coloca la caja sobre un pequeño túmulo hasta que se cantan las últimas preces; terminadas éstas, el comisionado abre el ataúd, y el Notario mayor del Reino o el Secretario de S. M. llamando a los Monteros de cámara, les dice:

¿Juráis que este es el cuerpo del Rey D. N., que en tal hora de tal dia os fue entregado en el salón de su real Palacio por D. N.? (Nombre del encargado).

A lo que contestan:

Sí lo es, y lo juramos.

A continuación dice al padre Prior a los monjes:

Padre Prior y padres diputados: reconozcan VV. PP. el cuerpo del señor don N. que, conforme al estilo y a la orden de S. M. que os ha sido dada, os voy a entregar, para que lo hagáis en vuestra guardia y custodia.

Y contestan los monjes, acercándose a la visera del ataúd:

Lo reconocemos.

Terminado el reconocimiento, el encargado cierra el ataúd, y entrega la llave al padre Prior; de todo lo cual el Notario saca tres testimonios: uno para el Monasterio, otro para el sucesor de la Corona, y el tercero que se lleva el encargado.

Con lo que queda concluída la ceremonia fúnebre y oficial. Al día siguiente, la Comunidad, sin pompa de ningún género, coloca los restos en el pudridero, donde permanecen cierto número de años.

[1] León, Luis: Real Sitio de San Lorenzo.  Biblioteca de la Provincia de Madrid, Crónica de sus pueblos. Tomo 21. Madrid. 1891.

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