HERRERA “EL MOZO” Y LA BASÍLICA DEL PILAR. EL TRIUNFO DE LA ESPACIALIDAD DEL BARROCO SOBRE LA TRADICIÓN.

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Decía Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611) que arquitecto vale tanto como maestro de obras el que da las traças en los edificios, y haze las plantas, formándolo primero en su entendimiento[1]. Es decir, aunque tiene un componente eminentemente práctico, la arquitectura surge primero en el intelecto, siendo más importante entonces la idea original. Con este concepto pretendemos acercarnos hoy, 12 de octubre, a uno de los edificios más singulares de la Península Ibérica, la Basílica de Nuestra Señora del Pilar en Zaragoza.

Basílica del Pilar. Fachada norte (al río Ebro) foto: wikipedia

La creación y modificación de los sucesivos proyectos para la nueva basílica del Pilar[2], comenzada por el siglo XVII, así como su dilatada construcción, pues no se ha concluido el templo hasta bien entrado el siglo XX, han generado una enorme confusión a la hora de dilucidar a quién corresponde la primera idea del templo, ese formar primero en su entendimiento. Ponz en su Viage de España no tiene ningún inconveniente en señalar fundamentalmente dos nombres para la autoría del conjunto, Francisco de Herrera “el Mozo” (Sevilla, 1627 — Madrid, 1685) para el proyecto de la basílica y Ventura Rodríguez (Ciempozuelos, Madrid, 1717 — Madrid, 1785) para la Capilla de la Virgen. En ambos casos estamos ante maestros del barroco de corte italiano, lo que vendría a suponer el triunfo de los postulados romanos en cuanto a la concepción del espacio arquitectónico, siendo así la Basílica zaragozana un claro y temprano ejemplo de materialización de la grandiosidad de la ciudad eterna en tierras hispanas.

Para la realización de tan importante proyecto hay que tener en cuenta la labor del virrey Don Juan José de Austria y del propio Carlos II, que tuvieron que imponer su voluntad ante un cabildo receloso de cualquier cambio o transformación en un templo, que aunque a todas luces había quedado pequeño y obsoleto, no querían que perdiera su fama y su carácter único, de reliquia, en una obra de la envergadura de la proyectada.

Pero ¿qué labor jugaba entonces Francisco de Herrera “el Mozo”? hemos de acudir a la fuente más informada sobre todos los asuntos relativos a los pintores que pasaron por la corte madrileña en el s. XVII, que no es otro que Antonio Palomino y su Parnaso pintoresco y laureado, donde al hablarnos de Herrera dice lo siguiente:

“Don Francisco de Herrera (el Mozo) hijo del que dijimos de este mismo nombre, a quien llamaron el Viejo, fue natural de Sevilla, y discípulo de su padre, a quien imitó en sus principios, con gran propiedad. Y hallándose ya muy adelantado, pasó a Roma, donde estudió con gran aplicación, así en las academias, como en las célebres estatuas, y obras eminentes de aquella ciudad; con que se hizo, no sólo gran pintor, sino consumado arquitecto, y perspectivo […]”[3]

Es decir, la formación arquitectónica del sevillano venía avalada por sus estudios en Roma. Herrera recibió la merced de Maestro Mayor de Obras Reales en 25 de agosto de 1677 por orden de Carlos II, con este nombramiento el rey vinculaba el puesto más importante dentro de la jerarquía de la corte a un arquitecto formado primero como pintor, siguiendo así la costumbre inaugurada con Sebastián de Herrera Barnuevo y que trajo consigo la consiguiente disputa entre los dos modelos de arquitecto del momento: el arquitecto práctico y el arquitecto inventor[4].

Juan Bautista Martínez del Mazo. Vista de Zaragoza. 1647. Museo del Prado

La antigua construcción gótico-mudejar del siglo XIV, dedicada a la devoción de la Virgen del Pilar, había quedado pequeña por lo que no podía adecuarse a la nueva forma de ritual de culto post tridentino. Además la Capilla de la Virgen, propiamente dicha, donde se ubicaba el pilar de jaspe que la tradición quería otorgar a una visita milagrosa de la propia Virgen entorno al año 40, era pequeña y quedaba fuera del propio templo, en el claustro construido al lado norte de éste, hacia el río. Era claro que una devoción tan popular debía tener un espacio mucho más grandioso y así lo entendieron en la corte, pero el cabildo era reacio a los cambio, temían que la supresión de la antigua capilla hiciera perder fuerza a la devoción mariana. A este inmovilismo del cabildo se sumaba la dificultad técnica, pues la antigua iglesia estaba construída en un terreno con fuerte desnivel hacia el río y la cercanía de éste con aquella hacía peligrar una obra de gran envergadura, por lo que desde 1638 se están acometiendo obras para desviar el cauce del río y acopiar materiales para poder hacer una gran explanada donde tuviera acogida el nuevo templo. Estas primeras obras fueron dirigidas por Juan de Marca, maestro de obras de Zaragoza, y Miguel Pueyo, maestro mayor de armas del Reino de Aragón; y sufragadas por donativos de particulares[5].

Antón vander Wyngaerde. Detalle del templo gótico del Pilar en la vista de Zaragoza.

Va a ser la iniciativa del virrey Don Juan José (1669 – 1677) la que determine finalmente el impulso al proyecto constructivo. En 1675 tenemos un primer proyecto de Felipe Busignac y Borbón y en 1678 el cabildo realiza un primer concurso en el que es elegido el proyecto de Felipe Sánchez. Del proyecto de Sánchez hemos de suponer que correspondería al encontrado en los archivos del Pilar y que básicamente consistía en una planta rectangular con torres en los ángulos, tres naves, siendo la central más ancha, y capillas de hornacina.

Durante la Edad Media, fundamentalmente en los siglos del gótico, se habían configurado dos modelos de prestigio para la construcción de grandes templos catedralicios. Por un lado el modelo toledano, que combinaba una planta de salón para las naves y una cabecera semicircular con doble girola, y que remitía a modelos de gran trascendencia como el Santo Sepulcro de Jerusalén. Por otro lado el modelo sevillano, que por una casualidad, siendo su primer plan seguir el modelo toledano, tuvo que transformar la cabecera circular en recta, para dejar intacta la capilla de reyes ya construida. De ambos modelos tenemos repercusiones posteriores, las catedrales de Granada y Málaga para el primero y las catedrales de Jaén y Valladolid para el segundo, siendo este último muy importante para las catedrales americanas.

Felipe Sánchez. Proyecto para la Basílica del Pilar de Zaragoza.

Sánchez había recurrido a un modelo de prestigio, Valladolid, que se adecuaba bien al gusto de la Corte, donde estaba ya trabajando. Pero el cabildo cambia de opinión y quiere que en la nueva catedral intervenga el recién nombrado Maestro Mayor de Obras Reales. Herrera llegará a Zaragoza en 1680, en una estancia complicada por la oposición de parte del cabildo y por los intereses encontrados del arquitecto. Planeará un nuevo proyecto que si bien a primera vista es una pequeña modificación del de Sánchez, un gran espacio rectangular con torres en las esquinas y tres naves, en realidad es un cambio importante de concepto arquitectónico[6]:

“sabemos que Herrera introdujo después algunas novedades, sobre todo en lo relativo a la colocación del crucero y la cúpula, que trasladó al tramo cuarto (neutralizando así la acentuada longitudinalidad del plan de Sánchez y concediendo a la simetría del templo una importancia más cercana a los planteamientos herrerianos) y también en lo relativo a la solución de la nave central, que debía albergar separadamente tres cuerpos grandes bien diferenciados: el presbiterio, el coro y la Capilla de la Virgen propiamente. Para facilitar la correcta inserción de estos cuerpos en el espacio del templo, Herrera el Mozo prefirió alterar las dimensiones de los tramos transversales de las naves; en lugar de dar a todos el mismo fondo –tanto los de la nave central como a los de las laterales– optó por la alternancia y concatenó tramos cortos y largos sucesivamente en todas las naves, lo que contribuía de nuevo a destacar la importancia de la cúpula como elemento centralizador. Además, considerando la peculiar ubicación del templo, que tenía sus lados menores entre medianerías, mientras que los mayores daban a espacios más abiertos y despejados (el río y la plaza del Pilar, respectivamente), abrió las portadas en los extremos del crucero y remató los lados menores con sendas exedras simétricas, redundando de nuevo en la concepción espacial centrípeta del edificio.”

Yago Bonet y Beatriz Blasco. Reconstrucción de la planta del proyecto de basílica del Pilar de Herrera “el Mozo”.

Con este nuevo proyecto se iniciaron la apertura de zanjas para los cimientos. El plan era iniciar las obras por los pies del templo, la fachada oeste y el lado norte (al río) para no tocar ni la capilla ni el antiguo templo.

Pero en 1694 se inicia una fuerte polémica, ya que al terminarse el muro norte del templo, se detectan fallos en los cálculos de la cimentación. Se decide consultar a la Corte, mediante el Consejo de Aragón, que decide mandar a Zaragoza a inspeccionar la obra a Felipe Sánchez, Teodoro Ardemans y Jacobo Kresa, los dos primeros arquitectos en Madrid y el tercero catedrático de Matemáticas y Jesuita del Colegio Imperial. En este clima Sánchez presentaría como alternativa una nueva traza basada en su proyecto de 1678, pero finalmente sólo se admitió que modificaran el cálculo de los cimientos y se siguiera con el plan original de Herrera.

Planta de la basílica del Pilar en 1712, cuando no se ha derribado aún la antigua capilla de la Virgen ni el templo gótico.

En 1709 se está trabajando ya en el tejado, se ha levantado el edificio hasta la cornisa y se está empezando a abovedar. En 1718 se derribó el antiguo templo gótico y con el edificio sin terminar, estaba acabado los cuatro tramos de los pies, se decidió inaugurar en la festividad de la Virgen, el 12 de octubre, de ese mismo año.

Las bóvedas de cañón ya iniciadas daban un aire monótono al conjunto y por ello se decide en 1725 cambiar la solución de las techumbres, sustituyendo las bóvedas de cañón por una combinación de cúpulas y bóvedas vaídas, lo que disimulaba la falta de altura del conjunto y el grosor de los pilares. El nuevo director del proyecto será Domingo de Yarza, que proyectará 11 cúpulas, pero sólo se harán 5, las correspondientes a la zona de la Santa Capilla (el resto se irán realizando durante el siglo XIX) al exterior se cubren de cerámica vidriada policromada para romper con la monotonía de la obra de ladrillo. El propio Yarza presentará un proyecto para la Capilla de la Virgen, que no se realizó.

En 1753 vendrá el arquitecto Ventura Rodríguez a idear una solución para la Santa Capilla, una arquitectura dentro de la propia arquitectura del templo, donde usa sus conocimientos de la arquitectura romana para dar una solución que debía contentar al cabildo y cumplir una serie de obligaciones como no alterar el lugar donde estaba situado el pilar de jaspe. Ventura Rodríguez acertó de lleno en su solución, usando el barroco romano como lenguaje unificador del templo y de la capilla. Diseñó además las fachadas exteriores del templo, que por cuestiones económicas no llegaron a realizarse, pero que sirvieron de modelo para el proyecto de fachada a la plaza del Pilar realizado entre 1942 y 1954 según proyecto neobarroco de Teodoro Ríos. En el siglo XIX se eliminará la decoración barroca de las pilastras interiores, sustituyéndose por un lenguaje neoclásico y perdiéndose en parte el espíritu inicial de Herrera. En el siglo XX también se terminaron las dos torres que restaban por construir, creándose así el perfil actual del templo.

Si bien la basílica actual dista del primitivo proyecto de Herrera, no dista tanto de la concepción espacial de aquél. El modelo que Herrera seguramente tenía en mente era la basílica de San Pedro con las adiciones en la decoración que había hecho Benini, esa concepción espacial de gran teatro se adecuaba perfectamente a un culto masivo, el resultado final y su utilización han venido a dar la razón al maestro sevillano.

[1] COBARRUVIAS OROZCO, Sebastían de, Tesoro de la lengua castellana o española, Imprenta de Luis Sánchez, Madrid, 1611, p. 207.

[2] DÍAZ MUÑOZ, María del Pilar, Catedrales en el Barroco, Ed. Jaguar, Madrid, 2003 pp. 55 y ss. Hace un resumen concienzudo del proceso constructivo y estado de la cuestión sobre el templo zaragozano. Muchas de las referencias de nuestro texto están sacadas de aquí.

[3] PALOMINO, Antonio, Vidas (Ed. Nina Ayala Mallory), Alianza Editorial, Madrid, 1986, pp. 280 y ss.

[4] Sobre esta disputa y sus consecuencias en la arquitectura madrileña hay bastante bibliografía, pero el estudio a nuestro entender más certero y que recoge todas las aportaciones previas es el desarrollado por Beatriz Blasco Esquivias en su magnífico libro Arquitectos y tracistas. El triunfo del Barroco en la corte de los Austrias, CEEH, Madrid, 2013.(Ver aquí)

[5] CHUECA GOITIA, Fernando, La Catedral de Valladolid. Una página del siglo de Oro de la arquitectura española. Madrid, 1947

[6] Para una detallada información sobre este proyecto y su repercusión ver el artículo de Beatriz Blasco “En defensa del arquitecto Francisco de Herrera El Mozo. La revisión de su proyecto para la basílica del Pilar de Zaragoza, en 1695” en Cuadernos de Arte e Iconografía, Tomo III, Nº 6, 1990. (ver aquí)

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