LA CONDESA D’AULNOY Y EL MADRID DE CARLOS II

Marie Catherine le Jumel de Barneville, condesa d’Aulnoy, o como es más conocida: Madame d’Aulnoy, fue una aristócrata francesa dedicada a la literatura, más parece por necesidad que por afición, conocida por sus Cuentos de hadas y por su fantástico Relación del viaje de España y Memorias de la corte de España donde narra un hipotético viaje por nuestro país en 1679 pero que no tomaría forma de libro hasta 1690. Conocemos el rostro de Madame d’Aulnoy gracias al grabado que se hizo a partir del retrato de la pintora e interprete musical del barroco francés Élisabeth Sophie Chéron.

En mi caso, fue mi profesor de Arte del Barroco Español, Alfonso E. Pérez Sánchez, quien me descubrió la existencia de este libro y me contagió el entusiasmo para su lectura y utilización. El principal problema con el texto de la condesa es que su narración ágil y cercana y su forma de intercalar leyendas, fabulaciones, exageraciones con elementos verídicos; hace que los especialistas en su obra hayan llegado a dudar de la veracidad de su viaje. Utiliza el recurso de las cartas dirigidas a una querida prima para dar mayor verosimilitud a lo narrado.

La corte española en esas fechas está inevitablemente bajo la órbita de Francia. Nuestro país vecino está en pleno proceso de hegemonía, con el reinado de Luis XIV. Carlos II, el que a la postre será último representante de la casa de Habsburgo en España, está casado con una princesa francesa: María Luisa de Orleans. El aspecto de su Católica Majestad suele usarse como metáfora del estado de sus reinos y de la más que evidente  crísis respecto al país vecino. Muchas de estas ideas habría que ir revisándolas, como bien están haciendo los especialistas en la historia, la cultura y el arte de finales del siglo XVII. Pero bien es cierto que esa corte española, antes admirada e imitada, pasaba a ser para la órbita francesa un lugar pintoresco, desconocido y por ello atractivo y atrayente.

Suponemos que Madamme d’Aulnoy conocedora de estas ideas realizará su escrito para este público ávido del conocimiento de unos usos y constumbres que eran vistos como peculiares por el resto de Europa. No podemos, pues, tomarnos el texto de d’Aulnoy como una verdad irrefutable o un testimonio neutro, siendo este hecho el que a nuestro juicio le da un valor especial, lo enriquece.

Del éxito editorial del texto de la condesa nos da noticia la cantidad de ediciones y traducciones que se hicieron en su época. Siempre se ha querido vincular el posible viaje a España de la autora con el hecho de la presencia en el trono de una princesa francesa: María Luisa de Orleans, la primera mujer de Carlos II. Quizás por ello el libro va dedicado al hermano de ésta: Felipe de Orleans, duque de Chartres.

El valor testimonial de Madame d’Aulnoy además sirve para crear una imagen de España y sobre todo de la Corte, fuera de nuestro territorio. La prolífica descripción de las costumbres de las damas españolas sirvió para fijar un tópico. Aún así tiene el valor de seguir atrayéndonos en su lectura. En la carta octava nos narra su visita al palacio madrileño de los Príncipes de Monteleón. Situado en el barrio de San Bernardo, en el lugar que ocupará posteriormente el Parque de Artillería del mismo nombre y que tan importante fue en el inicio de la Guerra de la Independencia.

Palacio de Monteleón en el plano de Texeira, junto al convento de las Maravillas y cerca de la puerta de Fuencarral.

De esta visita al palacio he extraído los siguientes comentarios y reflexiones de la escritora gala, que creo que merecen nuestra detenida lectura para ver cómo se construye una imagen, y como viene a complementar alguna de las obras de nuestro barroco:

En todas las casas, a horas fijas, el servicio femenino acompaña a la señora a la capilla, donde rezan el rosario en alta voz. En general, no usan libro de oraciones. El conde de Charny, francés, amable, discreto y general de Caballería en Cataluña, nombrado por el Rey de España, me contaba que, estando un día en la iglesia, tenía en la mano durante la misa en su libro de oraciones. Una vieja se le acercó, le arrebató el libro y, después de arrojarlo al suelo con indignación, le dijo: <<Dejad estas cosas y coged el rosario>>. Es de ver el uso constante que aquí se hace del rosario. Todas las damas llevan uno sujeto a la cintura, tan largo que poco falta para que lo arrastren por el suelo. Rezan al ir por la calle, y cuando juegan al tresillo, cuando hablan y hasta cuando enamoran, murmuran o mienten, rezan, y recorren con sus dedos las cuentas del rosario. Figuraos cómo será en tales circunstancias las devoción; pero aquí es la costumbre más poderosa que todo razonamiento.

Diego Velázquez, La Dama del abanico. c. 1635. Colección Wallace, Londres. Foto: wikipedia

El rosario es el protagonista, junto con el abanico, del atuendo femenino, como en el retrato de dama velázqueño, que paradojicamente Zahira Véliz piensa que sería el retrato de una francesa: la duquesa de Chevreuse, personaje fascinante que llegaría a Madrid en 1637 y que sabemos que fue retratada por Velázquez. Alguna de las modas femeninas en el vestir que más sorprendían en el resto de Europa es el uso de guardaninfantes:

Las mujeres llevaban hasta hace algunos años guardainfante de un tamaño monstruoso, que las incomodaba también no poco a los demás. No había puertas bastante anchas para que pudiera pasar una mujer con guardainfante. Ahora ya solamente lo usan cuando van a ver a la Reina o al Rey; pero, de ordinario, usan una especie de verdugados compuestos de cinco o seis aros de alambre, unidos  unos a otros con cinta, que parten de la cintura, ensanchas hasta llegar al suelo y ahuecan el vestido, debajo del cual se ponen a veces varios refajos. Extraña ver tan cargadas a criaturas de tan fina constitución como suelen ser las españolas. El vestido es liso, de tafetán negro cuando no de pelo de cabra gris, con una alforza alrededor, un poco más alta de la rodilla; y cuando yo pregunté qué utilidad tenía, me dijeron que la de alargar el vestido a medida que se rozaba su orilla inferior. La Reina madre lleva, como las demás damas, alforzas en sus vestidos […]. Pero, en general, tratándose de señoras de posición elevada, las alforzas responden a la moda y no a la economía, porque dichas señoras no suelen ser avaras y tienen vestidos numerosos que arrastran por delante y por los lados para cubrir perfectamente los pies, que tanto esconden las mujeres de aquí. He oído decir que cuando una dama tuvo todas las complaciencias posibles con un caballero, para confirmar su ternura le muestra un pie, y esto es lo que se llama <<los últimos favores>>. […] Cuando las españolas andan parecen que vuelan; en cien años no aprenderíamos nosotras ese modo de andar. Aprietan los codos contra el cuerpo y corren sin levantar los pies del suelo, como quien resbala.

Pero sin lugar a dudas es el hecho de la costumbre todavía vigente en el siglo XVII del estrado de mujeres y sentarse a la morisca lo que más cautivaría a un ávido lector extranjero, por lo que la condesa no renuncia a una detallada descripción del ritual de la estancia en el estrado y de la ceremonia de la visita, dejándonos aunque sea por un momento, la impresión de poder acceder a esos espacios reservados y ya inexistentes:

Las damas ocupan, generalmente, una extensa galería cubierta de preciosas alfombras. Vense alrededor, de trecho en trecho, almohadones de terciopelo carmesí bordados en oro. Hay, además, bastantes muebles, adornados con piedras finas bien labradas, traídas del extranjero; mesas de plata, cómodas y espejos admirables, tanto por su tamaño como por su rica labor de sus marcos, donde la materia más vulgar es pura plata. Lo que me gusta sobre todo son los escaparates, armarios cerrados por un cristal grande, que guardan cuanto se puede suponer de raro y exquisito, hechos con ámbar gris, porcelana, cristal de roca, bezoar, coral, nácar, filigrana de oro y otras materias preciosas.

Nos reunimos en la galería más de sesenta señoras y ninguna llevaba sombrero. Todas estaban sentadas sobre almohadones, con las piernas cruzadas por debajo del vestido, antigua costumbre que han heredado de los moros. No había más que un sillón de tafilete, bastante mal construido; pregunté a quién estaba destinado, y me dijeron que al príncipe de Monteleón, el cual sólo entraba cuando se habían retirado las señoras. No pude resistir la postura en que ellas descansaban cómodamente, y me senté con mayor comodidad junto a un brasero de plata, donde ardían huesos de aceituna, para evitar el tufo del carbón. Allí estaban acurrucadas seis o siete señoras, y cuando llegaba nueva visita, la enana o el enano se adelantaban para anunciarla, con una rodilla hincada en el suelo. Entonces se ponían todas en pe, y la joven princesa se acercaba rápidamente a la puerta para recibir a la recién venida, que iba, seguramente, a felicitarla por su casamiento.

Las señoras de España no se saludan con un beso, tal vez por no descomponerse la pintura que amontonaron en sus mejillas, pero se ofrecen las manos desenguantadas. Hablan cariñosamente y se tutean, sin llamarse nunca señora ni señorita, ni Alteza ni Excelencia, sino sólo doña María, doña Clara, doña Teresa… Quise averiguar por qué adoptan en su trato maneras tan familiares, y supe que lo hacen así para evitar entre todas motivos de piques y rencillas.

Al entrar en el gabinete de la princesa de Monteleón extrañóme ver que algunas damas jóvenes aún llevaban sobre la nariz, y apoyados por detrás de las orejas, grandes anteojos, y lo que más me sorprendió fue advertir que ninguna de aquellas damas hacía cosa para lo cual pudieran serle necesarios los anteojos, pues todas hablaban sin aplicarse a labor alguna y sin quitárselos. Me hostigó la curiosidad, y pregunté a la marquesa de la Rosa, con quien he trabado amistad, a qué obedecía lucir sin necesitarlo aquel aparato de momento inútil. Es la marquesa de la Rosa una brillante dama que conoce bien la sociedad en que vive, aun cuando nació en Nápoles, y tiene mucho y muy delicado ingenio; le causó risa mi pregunta, y me respondió que como los anteojos daban cierto aire de gravedad, no se los ponían las españolas para distinguir mejor los objetos a través de los cristales, sino para inspirar respeto.

Como hemos podido comprobar, el ritmo y la forma de narrar, así como su modo inscribir dentro de su narración un anecdotario pintoresquistas, hace de la prosa de la condensa d’Aulnoy una lectura agradable y, con todas las reservas, válida para acercarnos a esa España del último de los monarcas de la dinastía Habsburgo: Carlos II.

*Para los textos de Madame d’Aulnoy hemos usado la siguiente edición: Condesa D’Aulnoy: Viaje por España en 1679, colección Raros y Curiosos, Círculo de Lectores, Barcelona, 2000; con prólogo de José María Díez Borque.

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