SAN CRISTÓBAL. UNA HISTORIA DE GIGANTES, PEREGRINOS Y LA MUERTE SÚBITA.

Hoy en el santoral católico se celebra la festividad de San Cristóbal, el gigante que lleva sobre sus hombros a Cristo niño con el mundo. Tal figura, el gigante que porta el peso del mundo sobre sus hombros, no deja de ser una trasposición de mitos antiguos, baste señalar como ejemplo Hércules y su anécdota con Atlas en la mitología clásica.

De como el mito de un gigante se transforma en la historia de un santo y de como este santo acaba siendo en la actualidad el patrón de los conductores y transportistas, es de lo que queremos hablar hoy.

José de Ribera. San Cristóbal. 1637. Museo del Prado.

Estamos pues ante una creación iconográfica típicamente medieval, una historia de un ser de corpulencia excepcional, que emprende un viaje iniciático que le llevará hasta la apoteosis, en este caso por medio del martirio. La relación con el mito de Hércules e incluso con mitos anteriores como puede ser el mito mesopotámico de Gilgamesh, creemos que es incuestionable. En algunas ocasiones se ha confundido, por la forma del martirio y por lo poco preciso de su nombre, etimológicamente Portador de Cristo, con San Menas de Alejandría. Así nos encontramos con un santo, que en la tradición occidental no aparece hasta la Baja Edad Media, coincidiendo con el resurgir de las ciudades y el comercio, época caracterizada también por el inicio de las grandes epidemias, como la peste. En este ambiente bajomedieval, se imponen los cultos a santos con virtudes profilácticas.

 

A Cristóbal, por su historia narrada en la Leyenda Dorada de Jacopo de la Vorágine, se le asignará la capacidad de evitar la muerte súbita al fiel que contemplase su imagen. Pensemos en la mentalidad bajomedieval y en la preocupación constante por la salvación del alma de los fieles, en ese contexto la muerte súbita, sin posibilidad de recibir sacramentos (especialmente la penitencia), era sinónimo de una segura condenación del alma. Por ello, las imágenes de San Cristóbal van a ser muy populares y en ocasiones se harán de gran tamaño para garantizar su visión diaria a los fieles.

Gabriel de Rueda. San Cristóbal. Muro de la Catedral de Toledo. 1638. Foto: cipripedia.

La tradición le hace originario de la tierra de Canaan, es decir cananeo (actual Líbano). Por lo que suele suponerse que debería de ser habitante de la ciudad de Sidón o de cualquiera de las ciudades importantes de los fenicios.

La anécdota más famosa de su vida, su encuentro con Cristo y su paso por el vado del río, lo harán también un santo protector de los viajeros, de los peregrinos y comerciantes. De aquí bien la vinculación con los transportistas y su extensión actual en el mundo hispánico a todos los conductores.

Anónimo. Retablo de San Cristóbal. finales del s. XIII. Museo del Prado.

Su iconografía más habitual es representarlo con el niño sobre sus hombros, cruzando un río y apoyado en un callado o en el tronco de una palmera, en alusión a la escena arriba mencionada y que podemos ver contada por Vorágine en la hagiografía de Critóbal. En algunas ocasiones aparece en segundo plano un ermitaño, que alude al episodio inmediatamente anterior en la biografía del santo, de tal forma que el texto medieval es indudablemente la fuente fundamental para la creación iconográfica.

 

Una de las cosas más llamativas de esta historia es la obsesión del santo por servir al señor más poderoso de la tierra y cuando lo encuentra, la incapacidad de seguir las normas que el ermitaño le establece, buscando finalmente la ayuda al prójimo, como medio eficaz de servicio a Dios. Es interesante porque denota el contexto religioso bajomedieval, y se puede relacionar con el surgimiento de las órdenes mendicantes, al servicio de los habitantes de las urbes, frente al monacato altomedieval, donde los monjes viven retirados del mundo. Así Cristóbal se manifiesta incapaz de servir con ayunos y rezos y ha de buscar otro medio, la ayuda, como forma de entregarse a sus obligaciones con Cristo.

Anónimo (seguidor de Luca Cambiaso). San Cristóbal. s. XVI. Museo del Prado.

Tras la famosa escena del paso de niño con el peso del mundo, que podéis leer en la Leyenda Dorada, ver aquí más abajo. Cristóbal se trasladó a la región de Lycia, a la ciudad de Samos, donde se dedicará a intentar convertir al cristianismo al mayor número de gente posible, siguiendo el típico esquema de vida de mártir, obrando milagros ante el estupor de las autoridades y consiguiendo conversiones de lo más variopintas, para terminar, como no podía ser de otra forma, con una serie de martirios que acaben finalmente con su vida.

Anónimo del siglo XIV. Frontal de San Cristóbal. Museo Nacional de Arte de Cataluña. En este frontal se recoge en las calles laterales los martirios del santo.

Así, tras la conversión de ocho mil súbditos y de todos los soldados mandados a prenderle, consiguió también la conversión de dos jóvenes prostitutas, Nicea y Aquilina, mandadas a seducirle y martirizadas también. La serie de martirios a Cristóbal son: en primer lugar, golpearle con barras de hierro, luego le colocaron un casco de hierro incandescente y a su vez al propio santo sobre una parrilla, pero se derritió la misma con el santo indemne. Tras este intento, le ataron a una columna y le lanzaron más de cuatrocientas flechas que quedaron suspendidas en el aire sin tocar al santo. Dos de las flechas volvieron hacia atrás y atravesaron los ojos de rey de Samos, dejándole ciego. Cristóbal le anuncia que va a morir pronto, pero que si mezcla su sangre con polvo, haciendo un barro, y lo usa como ungüento podrá recobrar la vista. Por tanto el fin de Cristóbal es la muerte por decapitación, un fin mucho más digno dentro de las categorías de los martirios y condenas a muerte, y el rey recobrará la vista siguiendo sus indicaciones y por ello acabará convirtiéndose al cristianismo.

Anónimo (círculo de Alessandro Casolani). Aparición de la Virgen y el Niño a San Cristóbal y a San Francisco. S. XVI. Museo del Prado.

En fin, un santo cuya existencia es más que improbable y que no está reconocido oficialmente en el calendario litúrgico romano, del que salió con la reforma de este a partir del motu proprio Misterii Paschalis del Papa Pablo VI (1969), dejando la posibilidad de celebraciones locales, como es el caso de España, por tradición. En esta reforma salieron del calendario litúrgico todos los santos cuya veracidad no pudiera ser contrastada. Aún así es evidente que sigue siendo un santo muy popular.

Pasamos ahora a recoger parte del texto con la vida del santo en la Leyenda Dorada:

San Cristóbal*.

Este santo al bautizarse adoptó el nombre de Cristóbal y renunció al de Réprobo, que anteriormente llevaba. Obró acertadamente, porque Cristóbal significa portador de Cristo, y él, después de su conversión, llevó a Cristo de cuatro maneras: sobre sus espaldas, en cierta ocasión en que caminó con él a cuestas; en su cuerpo, por medio de la mortificación; en su alma, por la devoción, y en su boca, mediante la confesión y predicación de su doctrina.Cristóbal de origen cananeo, en su edad adulta llegó a medir doce codos de estatura; por su corpulencia y su aspecto de gigante infundía terror a quienes le veían.En la historia de su vida se lee lo siguiente:A consecuencia de una charla que en cierta ocasión mantuvo con el rey de los cananeos decidió recorrer el mundo en busca del príncipe más poderoso que hubiera en la tierra para consagrarse a su servicio. Un día oyó decir a alguien que en determinado país gobernaba un soberano muy superior a los demás. En cuanto tuvo conocimiento de esto, se trasladó a aquel reino y se presentó ante el monarca; éste le dispensó muy favorable acogida, y le rogó que se quedara en su palacio y le incorporó a su corte. Durante una fiesta palaciega cantó un cómico una canción en cuya letra se hacían frecuentes alusiones al diablo. El rey, que era cristiano, cada vez que el cantor pronunciaba el nombre del demonio, se santiguaba. Cristóbal, que por entonces todavía se llamaba Réprobo, al ver los signos que el soberano hacía, quedó sumamente intrigado y comenzó interiormente a cavilar acerca del significado que aquellos gestos podían tener; y como no acertara a interpretarlos, acabada la fiesta preguntó al monarca qué sentido tenían las señales que hacía sobre su cuerpo cuando el cómico en su canción pronunciaba el nombre del demonio. En principio, el rey prefirió no contestar a la pregunta de su cortesano, pero como éste le manifestara que si no le declaraba aquel misterio abandonaría la corte y el país, ante semejante amenaza el rey optó por hablarle llanamente y le dijo:-Hago ese signo cada vez que alguien pronuncia ante mí el nombre del diablo, para defenderme de él y evitar que me domine y me perjudique.-De tus palabras se deduce -replicó Cristóbal- que no eres el hombre más poderoso del mundo. Si tienes miedo al diablo es porque estás convencido de que él puede más que tú. ¡Vaya chasco que me he llevado! Yo creía que estaba sirviendo al príncipe más grande de la tierra y ahora resulta que hay otro más fuerte que tú. No quiero, pues, continuar a tu lado; me marcho de aquí en busca de ese diablo al que tanto temes, y, si lo localizo, me pondré a su servicio.Dicho esto abandonó el palacio y el país y se dedicó a recorrer nuevos caminos con la idea de hallar al demonio. Un día, al pasar por una región deshabitada, vio en la lejanía un ejército de soldados que venían en dirección contraria y avanzaban hacia donde él se encontraba; cuando ya estaban cerca, un militar de aspecto fiero y terrible, que era el que mandaba las tropas aquellas, se desgajó del regimiento, se adelantó, llegó junto a él y le preguntó:-¿Qué haces aquí, en este desierto?Cristóbal le respondió:-Voy de paso; ando buscando al señor diablo porque quiero alistarme en sus filas y consagrar mi vida a su servicio.Entonces el diablo le dijo:-Pues ya has encontrado al que buscas, porque el señor diablo soy yo.Cristóbal al oír esto, llenóse de alegría e inmediatamente se ofreció al poderoso jefe y le rogó que le aceptara y recibiera como perpetuo súbdito suyo. El diablo aceptó el ofrecimiento, colocó a Cristóbal a su lado, comenzaron a andar, salieron a un camino público y continuaron avanzando por él; mas al llegar a determinado sitio y encontrarse con una gran cruz de piedra que había a la vera de la calzada, el poderoso jefe comenzó a temblar, asió con una de sus manos a Cristóbal, tiró de él, salió precipitadamente del camino y emprendió veloz carrera a través del campo, brincando sobre las asperezas y peñascos del terreno, y después de dar un enorme rodeo, siempre corriendo, tornaron nuevamente, pero mucho más adelante, a la vía pública […].-¿Por qué hemos abandonado el cómodo camino que traíamos y, tras correr como locos por el campo sobre rocas y maleza, hemos dado tan enorme y tan penoso rodeo para tornar otra vez a él?El diablo no respondió nada y dio muestras de que la pregunta que su nuevo súbdito le había formulado le resultaba embarazosa. Cristóbal, no obstante, insistió […].El diablo […] vióse obligado a descubrirle los motivos de su precipitada fuga y le habló de esta manera:-Hace tiempo hubo un hombre llamado Cristo. Sus compatriotas le crucificaron, y desde entonces, cada vez que veo una cruz, sin poder evitarlo me siento invadido de un miedo terrible.-Eso quiere decir -replicó Cristóbal-, que hay alguien más poderoso y fuerte que tú. La cosa es clara, puesto que sólo con ver una cruz te acuerdas de él, te echas a temblar y sales corriendo despavorido de espanto. Síguese, pues, que otra vez me he equivocado: tú no eres el príncipe más grande de la tierra; por tanto ahí te quedas; yo me marcho en busca de ese Cristo que te supera en grandeza y poder.[…] al cabo del tiempo se encontró con un ermitaño al que formuló la misma pregunta que a tantas personas había hecho sin resultado alguno. El ermitaño, en cambio, le explicó quien era el jefe al que buscaba, le instruyó en la doctrina cristiana y finalmente le dijo:-Ese rey a quien quieres servir te exigirá que ayunes con frecuencia.-¡Vaya! -repuso Cristóbal-. ¿No podría pedirme cosas más fáciles? Porque eso de ayunar, desde ahora te digo que no me es posible cumplirlo.-También te exigirá que reces mucho -añadió el ermitaño.Cristóbal comentó:-Ni sé rezar, ni aunque supiera podría desempeñar esa clase de servicio.-¿Has oído hablar -preguntóle el anacoreta- de un río muy peligroso en el que se ahogan muchos de los que intentan cruzarlo?[…]-En ese caso -observó el ermitaño- creo que puedo indicarte un modo de servir a Cristo, el rey en cuyas filas deseas alistarte. Se trata de desempeñar un oficio que está al alcance de tus posibilidades. Podrías irte a vivir a la vera de ese río cerca del lugar en que suelen perecer muchos de los que intentan vadearlo. Tienes una estatura colosal, sin duda alguna posees también enorme fuerza. Estás por tanto perfectamente dotado para transportar sobre tus hombros de orilla a orilla a los que necesitan pasar de un lado a otro. He ahí un magnífico servicio que podrías prestar a Cristo […].[…] se despidió del ermitaño y se fue en busca del río. Cuando llegó a él exploró sus riberas, localizó el lugar peligroso del que el anacoreta le hablara, construyó junto al mismo una cabaña que le sirviera de alojamiento, preparó un resistente varal para utilizarlo como báculo en que apoyarse durante las travesías de la corriente, y comenzó en seguida a transportar todos los días a varias personas de una orilla a otra.[…] vio a la vera del río al que ahora y anteriormente demandaba su ayuda para cruzar la corriente: se trataba de un chiquillo. Cristóbal se acercó a él, lo alzó del suelo, lo colocó cómodamente sobre sus hombros, tomó en sus manos el varal que le servía de bastón y se introdujo en el agua. De pronto el nivel del cauce comenzó a subir incesantemente y al mismo tiempo a aumentar el peso del niño cual si su cuerpo dejase de ser de carne y se tornase plomo. A cada paso que daba aumentaba el caudal del agua visiblemente y hacíase más pesada la carga que transportaba en sus fornidos hombros. Al llegar hacia medio del cauce creyó que no podría soportar un momento más el peso del niño ni el ímpetu de la corriente. Lleno de angustia, y temiendo que no le iba a ser posible salir con vida del apurado trance en que se hallaba, hizo un esfuerzo supremo y, sacando de sus agotadas energías unas fuerzas sobrehumanas, consiguió llegar a la otra orilla, puso al chiquillo en el suelo, y en tono desfallecido exclamó:-¡Ay, pequeño! ¡Qué gravísimo peligro hemos corrido! ¡En menudo aprieto me has puesto! ¡He sentido en mis espaldas un peso mayor que si llevara sobre ellas al mundo entero!-Cristóbal -comentó el niño-. Acabas de decir una gran verdad; no te extrañe que hayas sentido ese peso porque, como muy bien has dicho, sobre tus hombros acarreabas al mundo entero y al creador de ese mundo. Yo soy Cristo, tu rey. Voy a darte una prueba de que lo que te estoy diciendo es verdad: cuando pases de nuevo la corriente […] hinca en el suelo el varal que utilizas para atravesar el río; mañana cuando te levantes, el varal estará verde y lleno de furtos.[…]Cristóbal hizo lo que el niño le había ordenado, y al día siguiente al salir de su cabaña comprobó que el varal se había transformado en una frondosa palmera cuajada de dátiles.[…]En el prefacio que san Ambrosio compuso en honor de este santo se dice lo siguiente: <<Derramaste, Señor, tal cúmulo de gracias sobre san Cristóbal, lo enriqueciste con tanto poder y doctrina, que , a la vista de los muchos milagros que hizo, cuarenta y ocho mil hombres abandonaron el paganismo y abrazaron la fe verdadera; Nicea Y Aquilina, rameras de profesión convertidas por él, abominaron el lupanar en el que durante muchos años habían comerciado con sus cuerpos, se hicieron castas, y coronaron su vida con la palma del martirio. El, por su parte, atado de pies y manos, y tendido sobre un escaño de hierro, soportó sin miedo el fuego que a su alrededor ardía, toleró duranto un día entero el furor de numerosos soldados arrojando flechas contra su cuerpo; pero esas flechas no sólo no le hicieron daño sino que una de ellas se clavó entre los ojos del que mandaba a los verdugos y lo dejó ciego, si bien después fue curado por él de la ceguera del cuerpo y de la del alma. Este santo alcanzó de ti la gracia de que perdonaras a quien tanto le había perseguido, te rogón que en adelante libraras de enfermedades y de pestes a cuantos se encomendaran a él, y tu tuviste a bien acceder a su ruego>>.

*El siguiente extracto de la vida de San Cristóbal está sacada de la edición de Alianza Editorial de la Leyenda Dorada, traducida del latín por Fray José Manuel Macías: Santiago de la Vorágine, La leyenda dorada, volumen 1, Madrid, Alianza Forma, 1999, pp. 405-409.

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