EL DÍA DE DIFUNTOS EN EL MADRID DE LOS AUSTRIAS

En estos días estamos celebrando en el calendario litúrgico católico la festividad de Todos los Santos, el primer día de noviembre, y la de los Fieles Difuntos el siguiente día. En el Madrid del siglo XVII la costumbre habitual era enterrar a los difuntos dentro de las iglesias o en los espacios anexos a ellas, no en cementerios municipales como los que conocemos hoy.

En la Villa y Corte, el lugar del enterramiento estaba estrechamente relacionado con la posición social y los recursos económicos de cada persona. Los individuos más ricos o relevantes podían ser sepultados en el interior de las iglesias, cerca del altar mayor o en capillas familiares, ya que la proximidad al altar se consideraba un signo de prestigio social y religioso. Por el contrario, las familias más humildes solían recibir sepultura en zonas menos destacadas del templo o en los pequeños cementerios parroquiales anexos. Además, el lugar de enterramiento dependía a menudo de las limosnas entregadas a la parroquia y de las disposiciones recogidas en el testamento del difunto, existiendo distintas categorías de sepultura según la aportación económica realizada. Las parroquias, por su parte, registraban estos fallecimientos en los llamados libros de difuntos, que actuaban en la práctica como un registro de la población.

Pedro de Campobrín, El caballero y la muerte, s. XVII, Hospital de la Caridad de Sevilla.

Esta situación cambió a finales del siglo XVIII. Por razones sanitarias, Carlos III ordenó en 1787 que los enterramientos se realizaran en cementerios situados fuera de las poblaciones, aunque en Madrid la transición fue lenta y los grandes cementerios extramuros no se consolidaron hasta el siglo XIX.

Por eso es muy interesante leer el testimonio de alguien ajeno a las costumbres madrileñas para estas festividades como es el secretario de Cosme III de Médici, Lorenzo Magalotti, que dejó en su diario las impresiones que le causó ver las costumbres populares en dos de los espacios religiosos que poblaban la ciudad y que le daban su aspecto.

Justo Sustermans, Cosme III de Medici, hacia 1660, Galería Palatina. Foto: wikipedia.

Cosme III estaba oficialmente realizando la peregrinación a Santiago de Compostela, entre 1668 y 1669, pero en realidad además de su intención religiosa, el viaje era una oportunidad excelente para realizar importantes contactos diplomáticos por lo que Cosme, no hará el típico camino francés, sino que viajará hasta la corte de Madrid, después pasará por Andalucía y desde ahí subirá a Galicia por Portugal. En su estancia madrileña es cuando nos va a dejar las descripciones directas de las celebraciones del día de difuntos en las iglesias del Cármen y de San Martín:

Por el día fue Su Alteza al Carmen donde, en un balcón cerrado por una celosía, oyó las Vísperas cantadas por los monjes que hacían música religiosa; en conjunto se oía muy bien y fue un gran concierto; aquí se vio que las mujeres, y entre ellas una era de condición, tienen la costumbre de colocar una capa negra sobre el lugar donde están los sepelios de sus allegados sin asignar a cada familia el lugar de sepelio a nuestra costumbre, siendo aquí la costumbre que les cedan un terreno y posteriormente se van cavando en el suelo un agujero donde se coloca el cadáver en el mismo suelo y después se le cubre con la arena que estaba reservada de cavar el agujero previamente, allanando la arena y apelmazándola después, para dejar la explanada tal y como si nada hubiese pasado; se dice que de esta modo el cadáver se reduce en veinticuatro horas a un polvo muy fino. Por encima de dicha capa se encienden muchas velas, se ponen perfumes, mantas y hasta cestas cerradas que suelen llevar pan y cosas comestibles; y allí permanecen cubiertas con capas negras hasta que acabe el Oficio de Todos los Santos.

Gabriel Antonio Corvoysier, La Virgen del Carmen imponiendo el escapulario a San Simón Stock, 1697, Museo del Prado. Este cuadro reproduce el grupo escultórico que realizó Juan Sánchez Barba y que presidía el retablo mayor de la iglesia del Carmen de Madrid.

Por ser el día de difuntos se celebraban en ella los acostumbrados sufragios. En el catafalco erigido delante del altar mayor no había nada distinto de lo que es uso en Italia. Pero es digno de recuerdo la costumbre supersticiosa que tiene las mujeres para dar un imaginario alivio a las almas de sus difuntos. Extienden un paño negro (un tapete o una capa, según sus recursos) sobre las sepulturas, y se sientan encima tapadas una o más de una, conforme al número de las familias. Delante disponen una fila de candeleros y alguna otra a sus espaldas, al pie de los cuales, sobre una vasija de barro, de cobre, de plata o de hierro, queman continuamente pastillas. Esto hacen el día de los oficios. La mañana siguiente a difuntos, ponen además delante de sus rodillas una cesta llena de panes y una vasija de vino, todo cubierto por una finísima servilleta guarnecida de encajes. Por toda la iglesia están preparados diversos sacerdotes revestidos con sobrepelliz y estola, que acuden, según se les llama, ya a un sitio ya a otro, a rociar las sepulturas con un hisopo mojado en agua bendita, por lo cual reciben limosna, y terminada la función el pan y el vino queda también para ellos. Los más ricos, además de las candelas, ponen antorchas encendidas, colocadas sobre ciertos trípodes de madera pintada de negro. En resumen, no hay en toda la Iglesia de Dios ceremonia, o por mejor decir, abuso que conserve más de cerca el recuerdo del paganismo.

Vista de la iglesia de san Martín por el Monte Piedad (detalle). Estampa basada en un dibujo de Diego Villanueva grabado por Joannes Minguet. Año 1758.

Si os apetece saber más del Madrid del siglo XVII que visitó Cosme III, os animo a acercaros a mi último libro: Madrid capital del Mundo, publicado por la Esfera de los libros, en el que recojo cómo era la Corte de la Monarquía Hispánica, sus edificios y sus artífices.

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