El pasado 21 de octubre de 2026 salía a la luz mi segundo libro: Madrid capital del Mundo (La esfera de los libros) y quiero aprovechar para desgranar alguna píldora de la que podéis encontrar en este libro que trata de da una imagen de cómo se transformó la villa de Madrid en la capital de la Monarquía Hispánica entre los siglos XVI y XVII. Analizando sus construcciones, pero también a sus constructores, y tratando de acercar su aspecto gracias a testimonios de primera mano, las descripciones que los viajeros hacían cuando visitaban la corte.
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El pasadizo de la Encarnación unía físicamente el Alcázar con el monasterio fundado por Margarita de Austria. Era una construcción elevada, con dos plantas y semejante al corredor vasariano, que en la ciudad de Florencia unía el Palazzo Vecchio con el Palazzo Pitti. Gracias a esta construcción, los monarcas y personas de la Corte podían acceder al monasterio directamente y marcó un modelo que los nobles intentaron imitar en sus residencias, incentivando la construcción de monasterios junto a sus palacios y uniéndolos con este mismo sistema de pasillos elevados, que les daba el privilegio de acudir a la institución religiosa sin pasar, ni pisar, la calle. Todavía existe, por ejemplo, el pasillo o corredor que desde el palacio ducal llega hasta la colegiata de San Pedro en la localidad burgalesa de Lerma, mandado hacer por el valido de Felipe III a imitación del madrileño y que además también cruzaba los monasterios de Santa Clara o Santa Teresa.
Cassiano del Pozzo nos va a dejar también una buena descripción del pasadizo de la Encarnación y su conexión con las casas del tesoro, lugar elegido por la Corte para hospedar al sobrino del papa, el cardenal Barberini en su viaje diplomático a Madrid en 1625:
Por el día estuvo el conde de los Arcos, que trajo acuerdo de la visita que habría de hacer Su Señoría Ilustrísima a Su Majestad y a la Reina, que en un principio se había acordado fuera en carroza, a efecto lo cual se había mandado traer un coche, e incluso una carroza nueva que se hizo fabricar para esa ocasión para el servicio del señor Cardenal, de terciopelo verde con hierros y filamentos todos dorados, y con la que dijo Arcos que se debía salir a través del corredor, que llaman passadizzo.
A él se accedía por el entresuelo que se encontraba en el piso donde se alojaba el señor Cardenal, o sea a través de su propia escalera, y además de otras cosas de cosmografía, en él se hallaban, antes de entrar en este corredor, en una estancia, los retratos del Rey Jacobo VI de Inglaterra, de la Reina su mujer, de sus hijos, y de la hija casada en el Palatinado. En este corredor había un gran número de retratos de la casa de Austria y del Rey de Portugal, y todos ellos se encontraban en el corredor ancho ya que en el estrecho no había más que una descripción de países bajo la autoridad de Su Majestad. También se vieron ciertos cuadros de bizarrías, como aquellas de Brueghel, con excepción de uno de ellos que parecía de factura italiana de un hechizo de brujería. Había asimismo algunos otros cuadros pero que valían poco, y de la misma forma, estaban retratados algunos ginelli más caros así como un pájaro llamado fracalosso.[1]


Cuando la reina Margarita de Austria decidió materializar su proyecto de fundación junto al Alcázar de Madrid, contó con la participación de fray Alberto de la Madre de Dios como tracista. Este religioso disponía de una notable experiencia, adquirida tanto en sus intervenciones en la villa ducal de Lerma como por su estrecha relación profesional con Francisco de Mora. En un primer momento, el propósito de la reina consistía en establecer un convento de carmelitas descalzas; sin embargo, esta iniciativa encontró la oposición del capítulo general de la orden, que interpretó la fundación regia como una posible vulneración del principio de pobreza que sustentaba la reforma carmelitana.
En este contexto, la elección de fray Alberto puede explicarse por su vinculación directa con la orden del Carmelo, circunstancia que justificaría su preferencia frente a otros arquitectos cortesanos, como Juan Gómez de Mora, heredero de los cargos desempeñados por su tío. Finalmente, la negativa carmelita llevó a la reina a confiar la fundación a las agustinas recoletas, con quienes ya había establecido vínculos durante la estancia de la Corte en Valladolid.
La traza del convento de la Encarnación, que puede datarse en torno a 1610, así como su conexión física con el Alcázar y su inserción en la trama urbana madrileña, constituyen un ejemplo significativo de planificación urbana en la Corte. Este proyecto desarrollaba en Madrid soluciones previamente ensayadas en Lerma, consolidando un modelo de intervención que integraba arquitectura, urbanismo y representación del poder. La fachada del edificio, cuya composición se ha relacionado con modelos de raíz palladiana, se convirtió en un referente para la arquitectura conventual del entorno cortesano, hasta el punto de ser considerada paradigmática del llamado estilo carmelitano. Resulta especialmente significativo que, pese a tratarse de una fundación agustina, el edificio encarne formalmente los principios asociados a la arquitectura carmelita, lo que evidencia la difusión de este lenguaje más allá de los límites estrictos de la orden.
Una vez tomada la decisión de destinar la fundación a las agustinas recoletas, la reina puso en marcha diversos mecanismos para hacerla efectiva. A través de su confesor, el padre Haller, estableció contacto con sor Mariana de San José, figura clave en la reforma agustiniana, con el fin de facilitar su traslado a la Corte. Paralelamente, promovió la reorganización de varias comunidades religiosas, trasladando a unas monjas que vivían en condiciones precarias a nuevas dependencias vinculadas al futuro monasterio de Santa Isabel, también bajo patronato regio. El establecimiento definitivo de la comunidad en el convento de la Encarnación se produjo en julio de 1616.
La elección de Mariana de San José no fue casual, ya que su figura encarnaba una de las corrientes reformistas femeninas más relevantes del momento. Su trayectoria presentaba notables paralelismos con la de Teresa de Jesús, tanto en la defensa de los derechos de las comunidades reformadas como en la expresión de su experiencia espiritual a través de escritos promovidos por sus confesores. Asimismo, compartía con la santa abulense una intensa vida contemplativa, un marcado ascetismo y una profunda inclinación hacia la experiencia mística.

La intervención de fray Alberto en el convento de la Encarnación adquirió una dimensión especialmente significativa, al conjugar en un mismo edificio la síntesis de los principios del estilo carmelitano con la elegancia refinada propia del lenguaje cortesano. Este equilibrio se materializó en una arquitectura basada en la proporción clásica y en principios matemáticos, donde la armonía formal desempeña un papel esencial. En la fachada, fray Alberto simplificó el modelo previo desarrollado por Francisco de Mora en el convento de San José de Ávila, pero mantuvo su rigor proporcional y su fundamentación teórica, inspirada en la tratadística arquitectónica.
El conjunto frontal se articula mediante un esquema geométrico claro, definido por un rectángulo coronado por un frontón triangular y encuadrado por pilastras planas que sostienen un entablamento. A ello se añade un pórtico tripartito y un juego alternante de huecos y macizos en el nivel superior, enriquecido con elementos escultóricos como escudos y hornacinas. Este planteamiento supera la simple adscripción a categorías como el clasicismo o el herrerianismo, configurando una propuesta de notable originalidad. Finalmente, la incorporación de un atrio o compás con alas simétricas aporta una dimensión escenográfica y perspectívica al conjunto, al tiempo que refuerza la monumentalidad de la fachada y subraya su función representativa. La amplia difusión de este modelo confirma su relevancia en la arquitectura cortesana posterior, convirtiéndolo en un referente de gran influencia en el ámbito conventual madrileño.
De esta manera, la fachada del convento de la Encarnación y su unión física, por medio del pasadizo del que ya hablamos cuando tratamos de la construcción del Alcázar, serán fundamentales como modelos para otras fundaciones religiosas por parte de los nobles, que también querrán unir sus palacios con las iglesias de estos, mediante pasadizos. El palacio de Uceda y el convento del Sacramento serían un perfecto ejemplo.
El convento se conserva bastante próximo a lo que se hizo en el siglo xvii, salvo la iglesia, que sufrió una redecoración interior por parte de Ventura Rodríguez que la dotó de un estilo barroco italianizante del siglo xviii ajeno al estilo original del primer barroco. Volvemos a tener la descripción que hace Cassiano del Pozzo en la visita con el cardenal Borghesse:
El señor Cardenal se puso el roquete, vistió de tabí rojo con vuelo y a través del passadizzo y con la familia y el conde de los Arcos, pasó a escuchar misa a donde las monjas de la Encarnación. Una vez celebrada la misa hizo publicar para todos los asistentes indulgencia plenaria. Luego entró en el monasterio, permitiendo que entrasen con él algunos de la familia, es decir, los habituales Filomarino, don Santi, don Bernardo y yo. Este convento es obra de la reina difunta, que teniéndolo por cosa muy amada lo ideó para que fuese selecto, y donde no hay más que treinta y tres monjas, en recuerdo a los años del Salvador. Tras atravesar el recibimiento accedimos enseguida al claustro donde todas las monjas estaban arrodilladas con la cruz y los dos candelabros grandes, y la madre priora con una cruz de cristal, con no sé qué reliquia que ofreció al señor Cardenal. Este claustro es abovedado, y tiene sus parapetos, que van de un pilar a otro, así como los mismos pilares y todo lo que se ve, de piedra de granito blanco y negro, que abunda en los alrededores de Madrid. En cada luneta o arco de medio punto, hay un cuadro. Todos son del mismo tamaño y pintados por un mismo maestro, y tienen marco dorado, lo que resulta muy hermoso. Están representados todos los misterios del rosario y en cada una de las esquinas se ve el retrato de dos vírgenes milagrosas. De este claustro, que tiene en el centro un pequeño jardín y una fuente, se pasa como a una salita cuadrada, adornada también con cuadros pero bastante más pequeños, con las historias de la vida del Señor, pintados la mayoría por una joven monja, sobrina del señor don Pedro de Toledo. Subimos al coro, al que no se sube mucho y prottg.do [sic.] el tedeum, y una vez que se hubo arrodillado, abrieron las cortinas de la reja que da, en la iglesia, al altar mayor. El coro de músicos, que había servido la misa, entre los que se encontraba un eunuco y un bajo bastante buenos, cantó también el tedeum, y al terminar se tomó asiento. Todas las monjas le besaron las manos, y a continuación, acompañado por la madre priora, fue a visitar el resto del convento, y entre otras cosas, la sacristía, en la cual se ven ricos tapices de canutillo con flores y pájaros del natural, así como otro apenas empezado de canutillo con perlas. De este se pasó a ver la enfermería, que consiste en un conjunto de pequeñas habitaciones muy alegres que dan a una sala. Desde allí pasamos al apartamento o quarto, como lo llaman, del rey, es decir, que mandó hacer el rey difundo, al que se llega a través de una galería toda adornada de diversos martirios copiados de aquellos que se ven en Roma en San Stefano Rotondo. El señor Cardenal tomó asiento en él en una silla, mientras la priora, junto con otras monjas, se sentó en el suelo sobre la estera que era de paja o juncos como de costumbre.[2]
El cardenal acudió en otra ocasión al mismo monasterio y es interesante cómo Cassiano lo refleja en el diario, porque la persona que le va a enseñar las dependencias conventuales no es otro que el arquitecto Juan Gómez de Mora:
Por la tarde fue a través del pasadizo a las monjas de la Encarnación, donde se entretuvo casi hasta la noche. Entramos con él el señor Ascanio Piccolomini, el señor Panzirola y yo, y mientras el señor Cardenal conversaba con la priora y las monjas, fuimos a visitar el convento con Juan Gómez de Mora, que nos enseñaba cada cosa, y que nos mostró el refectorio que no se había visto otras veces. Es un bello salón abovedado en el piso bajo con una cena pintada por Carduccio en su cabecera, y en el centro, sobre un pedestal hecho con escalones de cerámica descrita en otras ocasiones hay una cruz muy grande que tiene dos asideros que penden de los brazos, donde de cuando en cuando hacen estar a alguna monja para mortificarla. Las mesas son de madera y se encuentra extendida por cada cubierto una servilleta sobre la que se colocan dos frasquitos de cerámica, uno de vinagre y otro de aceite, un pequeño bocal de barro rojo y una tacita. Se ve en el centro de cada mesa una cajita dividida en dos compartimentos, donde en uno de ellos hay ajenjo seco mientras que en el otro, ceniza apestosa que usan algunas veces como penitencia sobre la comida. Junto a la puerta vimos una corona de espinas y una especie de flagelo con el mismo objetivo. Son en definitiva estas beatas vírgenes muy ejemplares. Su locutorio tiene la reja siempre cubierta por un telar de tela negra bastante densa y gruesa, y en su coro por la parte de detrás de las sillas colocan más disciplinarios. Fuimos seguidamente a visitar dos o tres jardines que tienen llenos de frutas y de hortalizas muy hermosísimas.[3]
Durante mucho tiempo se creyó que el artífice de la Encarnación había sido Juan Gómez de Mora, pero este ejerció en su función de maestro mayor de obras reales, siguiendo las trazas de Fray Alberto de la Madre de Dios. De este arquitecto carmelitano tenemos su intervención en otra obra en la capital que levantó elogios entre los visitantes foráneos: el noviciado de los jesuitas, en la calle ancha de San Bernardo, aunque la labor de Fray Alberto no pasó de un proyecto de trazas que no se realizó finalmente.


[1] Cassiano del Pozzo, El diario del viaje a España del Cardenal Francesco Barberini (1626), Ediciones Doce Calles, Madrid, 2004, p. 107.
[2] Cassiano del Pozzo, El diario del viaje a España del Cardenal Francesco Barberini (1626), Doce Calles, Madrid, 2004, pp. 115-119.pp. 124-126.
[3] Ibid., pp. 263-264.





