Uno de los fenómenos que más me llaman la atención es la necesidad de dejar constancia, en los monumentos públicos, de los problemas que tenemos hacia los personajes del pasado. Una vez que se consolida la ciudad industrial en el siglo XIX y se generan los espacios públicos de una manera clara, se va ver como la ciudad se transforma en el escenario del conflicto, en realidad es el escenario de nuestras vidas, pues somos una sociedad, la europea de cultura occidental, cada vez más urbanita. Al ser el escenario de nuestras vidas, lo es también de nuestros conflictos: ideológicos, económicos, laborales. La ciudad acaba siendo un actor más y en ocasiones no es un agente neutro, sino que, por su carga histórica, por el uso que se ha dado a sus espacios, estos van adquiriendo connotaciones, sesgos y símbolos. Es importante entonces entender hasta qué punto los símbolos de las ciudades representan a nuestra sociedad o si representan ideologías del pasado que no son fáciles de encajar en la sociedad que queremos o pretendemos ser. En ocasiones las ideologías van creando un poso de mensaje en los objetos que acaban cambiando su significado original y creando lecturas interesadas. He querido tratar en el capítulo nueve Acción reacción: “De esos polvos, estos lodos” de Sobre el pedestal de ese conflicto entre los símbolos heredados, con su carga ideológica, y las nuevas sociedades urbanas que no están dispuestas a mantenerlos.

Los estallidos sociales han venido normalmente acompañados de actos que contengan una gran carga simbólica, cuando contra lo que se lucha puede estar identificado con un símbolo, en forma de monumento público, es normal que en el momento de exaltación durante las reivindicaciones alguien piense que es buena idea derribar, mancillar o simplemente eliminar ese símbolo como si tuviera una suerte de conexión con aquello que representa.
Desde el siglo XIX, el nacionalismo español va a considerar al subcontinente americano como una prolongación de la propia identidad nacional. Aunque en ese siglo sea cuando se pierden las colonias, no se va a terminar la proyección que para España suponía seguir teniendo lazos, ya no políticos, sino culturales, con las antiguas tierras que había pertenecido a sus dominios, pues les confería una dimensión universal, justo en el momento en que el resto de naciones europeas se lanzan a una carrera por la conquista de todo aquel territorio del mundo que entendiesen que estaba a su alcance, como potencias civilizadoras.
Las élites políticas criollas que van a detentar el poder en los nuevos países que surjan de la descomposición de los virreinatos españoles en América, van a tener la misma formación que las élites de la metrópoli, van a responder a los mismos ideales y van a defender la misma ideología, por lo que esos lazos de conexión cultural van a recibir siempre impulso en ambos sentidos.

En el tránsito entre el XIX y el XX van a surgir toda una serie de ideologías que tratan de reivindicar el papel de lo español, asociado a la conquista y evangelización del Nuevo Mundo, así como en la idea del papel civilizador que tendría España. Toda esta ideología hundía sus raíces en los discursos regeneracionistas que se habían puesto de manifiesto durante las celebraciones del IV Centenario del Descubrimiento de América. Durante la dictadura de Primo de Rivera, se había tratado de construir en el tablero geopolítico internacional, un bloque de naciones hispánicas, que evidentemente debía encabezar España. En este clima, el gobierno de Primo de Rivera auspiciará la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929 de la que ya hemos hablado varias veces.
Cuando en el siglo XX aparezca el régimen franquista, tras la victoria del bando sublevado en la Guerra Civil, se volverá a rescatar con fines propagandísticos ese espíritu de exaltación de la Hispanidad y los lazos de unión cultural con los antiguos territorios americanos. En ese sentido, sobre todo en los años del aislacionismo, van a funcionar como un vector de proyección exterior del nacionalismo español a la vez que se incidirá en el ingrediente que el nacionalcatolicismo quiere exaltar como clave en la aportación española a la Historia Universal, la cristianización, más bien catolización, de todos los territorios que habían pertenecido a la corona hispánica. La idea que finalmente se destilaba era que el papel de España había sido como una especie de misión mesiánica para lograr la evangelización de aquellas tierras de manera totalmente desinteresada. Así, en la zona franquista, como nos cuenta David Marcilhacy (Madrid, Casa de Velázquez, 2014), la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda de FET y de las JONS, creada en abril de 1937, impulsó una clara manipulación del mito de la Hispanidad, de tal manera que sirviera para legitimar al bando sublevado, creando un relato que insistía en el paralelismo entre la épica del descubrimiento en 1492 y el alzamiento militar de 1936, presentado como una nueva gesta al servicio de la resurrección nacional. Para lograr tal fin se valieron del lenguaje de los carteles, que gracias a su simplificación de las formas y a eslóganes impactantes, lograban transmitir a las masas un mensaje claro y capaz de estimular los ánimos. Si a esto añadimos que, una vez instalado el nuevo régimen, se va a emprender una política de trasmisión de los valores de éste mediante organizaciones como Frente de Juventudes, Acción Católica o las leyes educativas que recordaban la necesidad de ajustar la educación al dogma y la moral católica, además de introducir en las clases la “Formación del Espíritu Nacional” en los que se insistía en una visión imperial de la Historia. En los libros se ensalzaban a los héroes de la “Raza Hispana”: Pelayo, el Cid, Santiago, Santa Teresa de Jesús, Recaredo, Isabel la Católica, Colón y los conquistadores. De esta utilización manipulada de la historia y de esta creación de iconos del nacionalcatolicismo derivarán las posteriores visiones negativas de estos personajes en épocas recientes, ya que se ha de hacer el esfuerzo de contextualizar esas figuras y eliminar la visión parcial y errónea de las que fueron dotadas por el régimen franquista, para devolverles a su verdadero papel en la Historia.

Tras la derrota de las potencias del eje en la Segunda Guerra Mundial, el franquismo entró en una etapa de aislacionismo exterior, que trató de mitigar con políticas de acercamiento cultural con el mundo hispanoamericano. Pero cuando la situación política internacional cambia y el régimen franquista es aceptado por el bloque anticomunista, produciéndose el desarrollismo, la política respecto a américa también trata de conjugar el papel de conexión cultural, así en la década de los sesenta, se intentará promover la cooperación iberoamericana con la creación de monumentos conmemorativos en la capital, muchos de ellos se van a colocar en el Parque del Oeste, como los dedicados a Simón Bolívar, con un retrato ecuestre en bronce obra de Emilio Laiz Campos de 1970, la dedicada a San Martín, que es una réplica, también en bronce, del monumento ecuestre creado en 1862 por el escultor francés Louis-Joseph Daumas, que se encuentra en Buenos Aires; y la dedicada a Artigas, héroe uruguayo, que es también una réplica en bronce de la original hecha en 1898 por el escultor de Montevideo, Juan Luis Blanes, para la ciudad uruguaya de San José.

Esta semana, escribo esto el día 11 de abril de 2025, acudí al parque del Oeste para visitar estos retratos de libertadores hispanoamericanos y me encontré con sorpresa y cierto desagrado como la escultura de San Martín, la réplica del bronce de Daumas, hecha en Argentina por Agustín de la Herrán Matorras y Luis Perlotti, había sido vandalizada con una pintada que reza «libertraidor» y el símbolo de la libra esterlina británica, he de suponer que el autor o autores de la vandalización quieren reflejar el peso que tuvo los intereses británicos en promover la independencia de las colonias españolas.


En ese mismo paseo junto a la escultura de Bolivar, encontrábamos un pequeño tiesto con flores, justo todo lo contrario.

Ver que periódicamente los monumentos siguen recibiendo actos de vandalización me hace ver lo necesario que es recoger la historia de todo este proceso, que es la base de mi libro Sobre el pedestal publicado por Akal en su colección «Artefactos» (podéis ver aquí)

*Nota: He de agradecer las fotos de los monumentos vandalizados a Elena Campos Alguacil.

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